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15 noviembre, 2011

Orientaciones para la reforma al sistema político: participación ciudadana.

Si hay una lección importante en esta crisis de representatividad a la chilena es que no todo está perdido. Es cosa de salir a buscar por el mundo, averiguar un poco más y permitir que nazcan las propuestas desde nosotros, esos ciudadanos que por años entregamos un cheque en blanco a la “gran familia chilena”.

Ya se han propuesto aquí 13 medidas que podrían orientar algunas reformas al sistema político con el fin de incluir a la ciudadanía en el sistema democrático de forma efectiva. Hoy serán siete más las que se suman a este paquete de medidas que pretenden mejorar la relación entre gobernantes y gobernados.

El tercer eje a tratar será la participación ciudadana. Un aspecto que siempre se ha tratado pero al cual nunca se le ha tomado el peso que realmente se merece por una razón súper simple: trabajador informado es trabajador ineficiente (o no conviene porque “sabe demasiado”). Los objetivos que busca serán fortalecer el sistema democrático rescatando la esencia de la democracia: la participación directa; aumentar los grados de compromiso con el ordenamiento político vigente sintiéndose los ciudadanos juez y parte en el sistema devolviéndole a la sociedad civil facultades que siempre ha tenido; y generar nuevos mecanismos de fiscalización del sistema político por parte de la ciudadanía.

Las orientaciones que se proponen en esta oportunidad son:

· Consejo de organizaciones que sea “fiscalía ciudadana” complementaria a la labor de otros organismos. En concordancia con el eje anterior, luego de haber conformado las redes necesarias se pueden asociar (mediante representantes) para poder, mediante la asesoría necesaria, juzgar como en los tiempos coloniales durante la gestión y antes de irse a la autoridad en ejercicio.

· A través de organizaciones (Consejo de asociaciones), incidencia en presupuestos locales, regionales y nacionales. Siguiendo la línea anterior, si tenemos la democracia pues usémosla. Por ello, mediante la representación directa y creyendo en la asociación organizada como medio para la participación e influencia hagamos que los presupuestos sean lo más realistas posibles, partiendo desde las necesidades de los territorios en los que operará.

· Referendos obligatorios y vinculantes con campaña de difusión justificativa. No hay nada peor, como he dicho, que el mal de Chile: reforma sin asesoría. Por ello relevemos al referendo como mecanismo de consulta en caso de conflicto (sin abusar, claro) importante con la ciudadanía. Pero que esté amarrado con una campaña informativa de las causas del problema y los intereses que se ponen en juego.

· Nuevos mecanismos consensuados de consulta a sociedad civil y pueblos originarios. Si hay algo que comparten estos dos sectores son los atropellos constantes a sus derechos. Por ello es que se propone consensuar mecanismos de conversación y tratamiento de los conflictos, acordándose también las sanciones por su no cumplimiento, buscando alternativas si el referendo no sirve.

· Apurar trámite de Iniciativa popular de ley. Este proyecto es relevante y fundamental para que la ciudadanía obligue al Parlamento para que legisle sobre las materias que realmente importan (evitándose chascos como los de los IPad’s).

· Apurar trámite de elección de Intendentes y CORES con adecuada campaña informativa. Volvemos a lo mismo: los trámites que realmente importan ni los mueven dejándolos dormir por años hasta que se olvidan. Por eso es que nuestra clase política se aleja cada vez más de la ciudadanía descontenta. Se pide encarecidamente que se apure si realmente se cree en la regionalización efectiva.

· Concejales elegidos por macrosectores urbanos. Aunque mi idea original va más allá y propondría el reemplazo de los concejales por una Asamblea Local de Desarrollo (presidida por el alcalde y con representantes de sectores, todos con igual poder de decisión y preocupada de más materias); sería bueno dividir las ciudades por macrosectores urbanos y rurales y adaptar el número de concejales a las realidades locales. El problema de ellos es que todos viven en el mismo lado, cosa que se diferencia mucho a vivir toda la vida o muchos más años en un solo sector. Ello generaría mayor identidad y compromiso con los habitantes de la ciudad.

Estas medidas pueden servir para fortalecer nuestra democracia desde su base; un sistema pensado para no más de cincuenta mil personas en su origen y que hoy, según parece, a todos se nos escapó de las manos. Sin embargo, aún tenemos patria ciudadanos, todavía se pueden hacer cosas para mejorar la situación del Estado y el estado de la situación.

14 noviembre, 2011

Orientaciones para la reforma al sistema político: asociatividad ciudadana.

Cuando nos encontramos en momentos tan complejos como estos en los que el país pasa por una crisis de representatividad (y en general del sistema político) a veces pareciera que no hay salida. El diálogo no parece ser una vía válida de solución para nadie y caemos, generalmente, en discusiones llenas de palabras bonitas y tecnicismos para no concretar nada.

Por ello es que, con la meta de lograr que el 10% de la población nacional según el censo y el 5% con acceso a internet y redes sociales participe activamente en mecanismos de asociación y consulta he encontrado algunas orientaciones al sistema político que pueden servir para que quienes tienen el poder hagan algo con lo que le hemos entregado por años: las decisiones sobre la democracia en que, al menos en teoría, somos parte.

El segundo eje será asociatividad ciudadana. Estas medidas tendrán como objetivos centrales fortalecer (en un plan similar al emprendido en la década del ’60 bajo Eduardo Frei Montalva) a los grupos conformados por los ciudadanos sin necesidad de ser instituciones formales; fomentar el conocimiento entre los miembros de diversas comunidades respetando sus formas de relación y modos de vida y organizar a la población para enfrentar de mejor manera a la autoridad en momentos complejos y trabajar de mejor manera en alianza con ella.

Es por ello que las siete medidas que se recomiendan son:

· Planes de educación cívica y formulación de proyectos y fortalecimiento a formas de asociación institucional existentes o de hecho. Para ello se recomienda elaborar un diagnóstico a nivel comunal y de macrosectores identificando sus necesidades y expectativas, ajustándolas a la realidad y haciendo que se fortalezcan mediante la asesoría estatal.

· Ley de fomento a la participación y protección de asociaciones intermedias. Según la actual Constitución éstas están protegidas, pero no se materializa en la realidad. Por ello es que se recomienda que en esta ley (en un país legalista casi al extremo) se expliciten mecanismos de apoyo y fomento especialmente en asesorías de todo tipo.

· Foros (de asistencia obligatoria) y con transmisión virtual (para los que no puedan asistir), certificados ante diversos organismos. No hay nada mejor que el refuerzo positivo después de haberse capacitado; asimismo, no hay nada peor que una reforma sin asesoría. Por ello sería bueno que existieran horas de capacitación para todos los miembros de las asociaciones básicas con el fin de dejar a todos en igualdad de condiciones.

· Talleres virtuales complementarios. No puede ser que un país en vías de desarrollo no tenga a la mayoría de su población analfabeta digital. Por ello sería una buena manera de hacer que le gente le pierda el miedo a las TIC’S y pueda tomar talleres que refuercen las medidas anteriores.

· Formación de redes con otras asociaciones similares. Con el fin de complementar el trabajo y que no entremos en una competencia descarnada sería bueno que se establecieran, mediante asesoría, alianzas con otros que hagan lo mismo que nuestra organización.

· Organismo gubernamental que asesore y mantenga registro de asociaciones. Monitoreo y evaluación de su gestión en relación a la participación. Un organismo con sedes comunales, regionales y nacionales que coordine el accionar creando estándares de participación sería bueno para ordenar el trabajo que se está haciendo. Con ello se haría efectiva la recomendación anterior.

· Sistema de puntuación para acceder a proyectos. Esta medida respondería al cómo hacer que la gente se interese. Es decir, la organización que mejores proyectos presenta y que más participa es la que se lleva más premios. Puede ser desde quedar primero en la fila de postulación hasta ganarse basureros que hacían falta.

Si se dan cuenta no es tan difícil. Si algo nos ha enseñado este año es que es cosa de voluntad política. Mediante la organización se puede presionar y qué mejor que hacerlo de forma asesorada e informada.

Cosa de buena voluntad

Hoy tenía que ir a hacer un trámite (porque mañana viajo por muchas horas y no tengo ni por donde llegar a la hora a dejar mis papeles) y por eso corrí hasta llegar muy tarde. Cuento corto: el auxiliar (cumpliendo órdenes, claro está), no me quería dejar entrar y le alegué hasta por los codos que me permitiera dejarlos. De tanto que alegué una niña de la nada me regaló un número. Ese simple gesto me salvó literalmente el año y los estudios.

No la volví a ver pero si alguien sabe de la historia díganle que le agradezco más que otro poco. Quise contarles esta historia porque, como les cuento, es increíble lo que puede hacer la buena voluntad. Un simple gesto nos puede cambiar la vida o, por lo menos, el día.

Estamos en un mundo tan ajetreado que no nos damos cuenta cómo pasa el tiempo y cómo vamos haciendo todo rápido. Como con suerte tenemos media hora para almorzar y el resto del tiempo para correr a la oficina o al trabajo no nos damos ni cuenta cómo el mundo se nos va diluyendo entre las manos. Y como caminamos tan rápido y tan encerrados entre nosotros mismos las personas pasan como robots.

Y no nos damos el tiempo siquiera para saludar.

¿Cuántas veces ha saludado en el ascensor o dicho buenos días al vecino? ¿Cuántas veces damos las gracias por estar respirando? ¿Cuántas veces nos alegramos por haber abierto los ojos y seguir sanos como ayer?

Por eso, hagamos una revisión del día y, más allá de que pueda parecer una forma de limpiar nuestra conciencia, intentemos hacer más esfuerzos para que esa buena voluntad se materialice en un gesto pequeño por alguien que ni siquiera podemos conocer.

Sin formas de cambiar el mundo que son chiquititas pero se pueden ensayar. (Y si es por plata no se preocupe: no cuesta nada).

13 noviembre, 2011

Solucionar el conflicto, tragarse el orgullo.

Si hay una característica intrínseca a todos los seres humanos (y de la cual nadie puede decir que no la ha sentido antes) es el rencor. Cuando vemos a una persona que nos cae mal como por deporte y de la cual no nos podemos sacar de la cabeza el que nos hizo algo. Olímpicamente (ya que estamos en la lógica deportiva) nos lavamos las manos en múltiples situaciones como queriendo echar la culpa al otro.

Ello nos demuestra que somos pésimos enfrentando los conflictos (principalmente porque casi nunca se nos enseña a cómo hacerlo) y somos más malos todavía pidiendo disculpas y reconociendo que en múltiples situaciones lo hicimos mal. Por ello es que, en esta eterna invitación a revalorar el diálogo como mecanismo de resolución de los conflictos en todas las instancias (tanto en el país como entre personas comunes y corrientes como nosotros), quisiera analizar de manera muy breve cómo es que los seres humanos somos pésimos en superar las etapas pasadas cuando hay una pelea de por medio.

Cuando nos enojamos con alguien generalmente tendemos a ponernos arrogantes y a que “nos coman la lengua los ratones”, acompañando miles de conductas de desprecio con una mirada que parece que tuviera un letrero que dijera “peligro, 2000 watts, no acercarse”. Esto distancia más a las dos personas que, cada vez más enojadas, se terminan alejando y, a veces, poniendo fin a tremendas amistades de años.

Es por eso que, en esta ocasión, quisiera invitar a todos los que leen esta columna a que piensen con quiénes están más enojados ahora y por qué y que analicen las causas del por qué están en esa situación. ¿Han mirado mal a esa persona o la han intentado alejar con un campo de fuerza que no se puede acercar a menos de 100 metros de ustedes? ¿Han tirado “palos” del porte de una araucaria para que sientan que están mal?

Es verdad, hay personas a las que derechamente les conviene mantener el conflicto porque alimenta su ego. Sin embargo, no es la idea estar peleados con medio mundo por las puras. Por eso, insisto, se hace súper relevante sacarse esos orgullos idiotas que no hacen nada más que alimentar tonteras y buscar la manera de conversar y pedir disculpas sinceras por las cosas malas que se hicieron y la culpa de ambos en el conflicto.

Porque, díganme si no, pucha que es rico arreglarse con alguien que uno quiere. Si ya las cosas no se solucionan después de mucho conversarlas e intentar distintas vías se puede ir a la tumba con la conciencia tranquila. Pasa que la otra persona o es muy bruta o derechamente no quiere hacerlo.

(O puede también pasar que la cosa era más grande de lo que pensaba).

Nota: para Evelyn, mi gran amiga, a la que todavía quiero ver para pedirle disculpas.

Orientaciones para la reforma al sistema político: Partidos políticos.

Ya revisadas -en columnas anteriores- las causas que podrían explicar el alejamiento de la ciudadanía de su clase política y de los sistemas de asociación y participación disponibles, las políticas públicas con base en la pedagogía (PPBP) y algunas de las condiciones que podría pedir la gente para iniciar un nuevo pacto cabe ahora iniciar la exposición de las 50 medidas para reformar el sistema político, desde mi perspectiva.

El eje a describir en esta oportunidad será el de partidos políticos. Si parto por aquí es porque éstos han sido las instancias que más se han visto perjudicadas con la coyuntura que estamos viviendo actualmente. Se busca, principalmente, una mayor conexión con las necesidades de la ciudadanía real y virtual (es decir, la que aporta con ideas, críticas y opiniones desde las plataformas tecnológicas), una mejora de la imagen de los partidos como mecanismo de mediación entre gobernantes y gobernados, asumiendo el momento en que vivimos (rechazo a los mismos, poca participación, excesivo protagonismo de las cúpulas partidistas en ellos omitiendo las voces de sus bases y juventudes), y mejorar las voluntades y abrir estas instituciones a la ciudadanía de manera informada y participativa.

Es por ello que, frente a estas realidades, se proponen las siguientes orientaciones:

1) Mayor vinculación con la ciudadanía. Encontrar los medios para, desde la difusión, mostrar partidos políticos abiertos a la constante crítica, reforma y cambio, con el fin de atraer no sólo a los que estén de acuerdo, sino a la ciudadanía que puede simpatizar discordando con las ideas que se postulen en los conglomerados.

2) Mayor involucramiento y preocupación de los encargados de las plataformas tecnológicas de los partidos políticos. Es impresentable que en pleno siglo XXI, cuando nos decimos integrantes de la “sociedad del conocimiento/información” no existan personas que estén atentas a las nuevas necesidades de la gente que utiliza las redes sociales. Es mínimo que se maneje un Flickr, un Facebook y un Twitter activos que complementen la acción de las páginas web de los partidos y un canal en YouTube. Porque este último medio es tan básico como el papel actualmente y se está quedando pequeño con las nuevas tendencias. Esto es fundamental si se quiere incorporar a una ciudadanía activa y participativa acorde a los nuevos tiempos.

3) Mecanismos para asegurar la democracia interna. El gran mal de los partidos y que se reconoce desde afuera es la poca democracia interna existente dentro de los conglomerados. Es por ello que es necesario, en estos tiempos donde se ponen a prueba a algunos de los componentes fundamentales del sistema político vigente, hacer que ese concepto que tanto defienden se vea reflejado en la realidad.

4) Inclusión de propuestas ciudadanas. En base a la propuesta anterior, casi como un deber u obligación, dentro de los mismos estatutos que componen los partidos se podría amarrar a las discusiones informes de propuestas que puedan salir desde la ciudadanía con el fin de incluirlas en planes programáticos y nuevas formas de manifestación. Con ello la gente se sentirá identificada con los conglomerados y se sentirá partícipe de los nuevos tiempos de reforma que vendrán.

5) Comunión con la ciudadanía: foros, conversatorios, tertulias políticas, grupos de discusión, tweetcams virtuales y reales. Todos los mecanismos propuestos permitirán hacer efectiva la vinculación que aquí se propone, con el fin de ver a partidos comprometidos y preocupados de lo que la ciudadanía piensa. Con ello se podrá prestar mayor atención a los requerimientos y necesidades que nazcan desde esa ciudadanía que tantas veces se aboga defender.

6) Límite a la postulación a cargos. Se pueden potenciar nuevos rostros en el tiempo con una voluntad fuerte y una correcta difusión. Es así como sería bueno reflejar nuevas ideas en nuevos rostros que vayan demostrando la voluntad de los partidos de renovarse.

Estas ideas podrían contribuir a una mejora en la gestión y en su principal fuerte: la vinculación de la ciudadanía. Con ello concitarán interés en lo que piensa y dice el potencial electorado al cual, como su fin último, pretenden llegar y demostrar ser ese referente válido que siempre han dicho ser.

11 noviembre, 2011

¿Quién manda a quién? Conversar los problemas en la pareja

Juguemos un ratito con la historia y una pregunta que es característica de los seres humanos: ¿Qué hubiese pasado si...? ¿Se imagina si Pinochet hubiese optado por dejar todo botado -gobierno incluido- por la amante que tenía en Ecuador? ¿Se imagina si Allende hubiese dejado todas sus aspiraciones para con el país por una mujer que no era “la suya”?

Primero que todo tengo que agradecer a mi pareja por haberme planteado una pregunta que no deja de ser interesante pues, sobre todo en el primer caso, hubiese cambiado absolutamente el curso de la historia de los últimos 30 o 40 años. Para los que no sabían: Pinochet tenía una amante ecuatoriana de la cual se enamoró perdidamente (lo que podría explicar el mito que dice que su señora “lo tenía cortito” y que en realidad era ella quien tomaba las decisiones). Es más, cuenta la leyenda que había un cajón en su despacho en La Moneda al que nadie tenía acceso salvo él: allí se encontrarían las cartas que se escribieron por años.

Esta historia que puede parecer de novela romántica suele suceder más a menudo de lo que pareciera. Quitémosle los nombres y quedamos con que él está casado y con el proyecto de familia “ideal” pero enamorado, en realidad, de otra persona (en este caso, conocida). La mujer descubre la infidelidad y lo encara. Después de mucho discutirlo se quedan juntos pero él queda con la “espina clavada”: es más fácil echar la basura debajo de la alfombra y seguir nuestras vidas “en el nombre de nuestros hijos”.

Pues bien, en esta historia hay muchos errores; sin embargo, quisiera rescatar uno que es central: no conversar.

Uno de los grandes problemas en la pareja (y es que no nos enseñan a hacerlo) es a buscar mecanismos de resolución de conflictos que sean consensuados. Lógicamente, producto de que dos formas distintas de convivencia y modos de vida distintos se unen comienza un período de ajuste hasta que ambos componentes de articulen bien. En castellano, los dos miembros de la pareja se adaptan a las virtudes y a las “mañas” del otro hasta alcanzar el punto medio o la estabilidad.

Cuando ocurren situaciones así en la pareja en realidad no se conversa: se vomita una verborrea que no entiende nadie sazonada con las palabras más hirientes que existan para aplastar al otro y hacerlo sentir como el culpable.

La idea de todo esto es pasar del simple encuentro a la conversación, y de ésta al diálogo. Porque (aunque es lógico) con la rabia el que es “inocente” termina retando al “culpable” expiándose el primero de toda culpa. Sin embargo, antes que todo, hay que proponerse sentir rabia antes de ese encuentro y llorar lo más posible en el período previo. Luego, uno frente al otro, cambiar la pregunta clave: ¿Qué nos llevó a esta situación?

Esta es una de las situaciones más complejas que puede sucederle a una pareja y es por eso que sería un atrevimiento analizarla toda en una sola hoja. Por eso es que hoy la invitación es a buscar, entre ambos, la mejor manera de llevar la discusión y acordar cómo resolver un conflicto conversando y siendo transparentes con el otro.

Si hubiesen hecho eso (quién sabe si no lo hicieron) la historia de su matrimonio y del país hubiese sido distinta. Quién sabe, Augusto hubiese muerto en Guayaquil con la mujer con la que quería estar o, quizás, la imagen que se proyectaba de él y su señora hubiese sido otra.

10 noviembre, 2011

Alimentar el alma

Habitualmente he hecho uso de la palabra escrita en este medio para analizar cómo está el país y cómo se le puede transformar pensando en los ciudadanos de una forma inclusiva y participativa en todos sus niveles.

Sin embargo, hoy no quiero aburrirlos con temas políticos. De cuando en vez quisiera conversarles de algunas de las cosas que le ocurren al común de las personas que viven inmersas en esas realidades. Este va a ser un largo cuento que entre todos construiremos, el relato de qué es lo que le pasa a las personas que viven en ese Chile que, a ratos, suele ser algo complejo de entender.

¿Cuánto tiempo se dedican a darse, ustedes, un regaloneo? Por favor, sáquese el concepto occidental de que regalarse algo pasa por pasar a algún centro comercial y comprarse ropa o pegarse un viajecito de placer muy lejos. Si lo tomáramos así dejaríamos fuera a un montón de gente que tiene con suerte unas cuatro chauchas locas que con suerte alcanzan para la mortadela jamonada que acompaña el pan de la once.

En esta ocasión quiero invitarlos a alimentar el alma, a pegarse un regaloneo que le dé un poquito de comida a esa parte que la sociedad mata a punta de trabajo y estrés: el alma.

Dentro de los cientos de miles de defectos que tiene nuestra sociedad es que todo lo que no puede comprobar científicamente lo denigra hasta el punto de marginarlo. Por eso cuando le dicen “haga ejercicio o dedique un tiempo para relajarse” no es para alimentar el alma, sino para que mejore su salud, es decir, lo tangible: el cuerpo.

Alimentar el alma en este caso va más allá de vivir solo o en pareja, de convivir hacinados con siete personas más en un espacio chico o de encontrarse mal de ánimo. Es ver la existencia desde otra mirada, caminar con otro ritmo las rutas diarias, vestirse de otra manera simplemente con el afán de mostrar los cientos de colores que ocultamos.

Como le decía, para regalonear al alma no es necesario tener grandes caudales en los bolsillos: de vez en cuando se puede apartar algo del vuelto y comprarse un chocolate rico y comérselo en un paseo de domingo en la tarde en vez de fermentar viendo la tele. O puede ser tomar un camino distinto al venirse el trabajo y caminar algunas cuadras más en vez de tomar la micro todo el trayecto sintiendo el viento o los ruidos que siempre le acompañan (incluido el de los autos).

Puede ser también quedarse unos minutos más en los brazos de la persona amada o, simplemente, de saludar con un abrazo más cálido al amigo que siempre está con nosotros. Puede ser leer un buen libro (o conseguir uno en la biblioteca más cercana, es gratis) o recostarse un ratito después de comer con la luz apagada y una buena canción de fondo cerrando los ojos y, simplemente, dejándose llevar por las ideas que nazcan. Se sorprenderá hasta dónde lo pueden llevar esas ideas locas que salen en momentos como esos.

¿Se dio cuenta que incluso sin nada de plata de puede alimentar el alma y pegarse un rico regaloneo? Porque podrán incluso ponerle precio al aire y a la fuerza de nuestro trabajo, pero mientras el alma sea una masa luminosa e intangible que nos mueve a muchas cosas, escuchándola atentamente, será el último refugio de nuestra libertad. Oigámosla un momento y démosle un poquitito de comida de vez en cuando y así el alma nos devolverá en la misma medida.

Haga eso de vez en cuando y a la mañana siguiente mírese al espejo. Y verá que el alma le responde con una sonrisa.

09 noviembre, 2011

Manifiesto del roto

En “Maleta de Opiniones” continúa el ciclo de columnas tendientes a diagnosticar las causas de la baja participación y las posibles soluciones que se proponen para contrarrestar esta realidad. A pesar de que prometí el exponer las 50 proposiciones primero quisiera elaborar una contextualización que servirá para que clase política y ciudadanos puedan entender las palabras que expondré de aquí en adelante.

Chile tuvo un origen turbulento. Según los libros de historia en 1536 cientos de pueblos con distintos grados de formación fueron unidos por la llegada de hombres venidos desde muy al norte conquistando todo lo que tenían a su paso en nombre de un rey extranjero; 5 años más tarde una expedición los transformaría todo irremediablemente pasando de ser vencedores a ser vencidos para luego intentar acuerdos a medias para que pudieran pasar tras la frontera.

Esa fue la limitante para que Chile se constituyera entre Coquimbo y Concepción, dos ciudades que dependían de Santiago, un pueblo que pasó de comer ranas asadas en piso de tierra a levantar fastuosas mansiones a imitación de Europa. Cuando fue amenazada lanzó todo el poderío que concentraba. Con el tiempo, incorporó nuevos territorios porque a la capital le hacía falta aumentar sus recursos. La hermana del sur, la heroica Concepción, siempre intentó arrebatarle el poder con constantes fracasos. Ninguno resultó: el poder capitalino era mucho.

Conforme ese cambalache problemático y febril del siglo XX avanzó sobre nuestra tierra la amenaza ya no era el poder consolidado de Santiago, sino las masas trabajadoras que se unían en pos de mejorar sus condiciones. ¿Pero, por qué confundir centralismo con problemas de masas? Simple: cuando los sectores dirigentes del país construyeron al Estado para poder consolidar su proyecto llegando a la gloria durante principios de siglo se dieron cuenta que había muchas personas muriéndose de hambre. El problema les estalló en la cara y, como no supieron qué hacer, aplicaron balas. Miles murieron en Iquique, otros tantos en Santiago, unos pocos en Ranquil.

Y aquí se nos cruza el problema: el discurso centralista tenía que ser el discurso de toda la nación, es decir, todos debemos imitar al centro. Cuando éste y sus vicios no son reproducidos por cualquier medio hay que eliminarlo. Y si no se puede, asimilarlo. Por ello, el invento del “roto”.

Sin embargo, ese roto jamás cambió. Aunque siempre se le define como trabajador y republicano con un millón de otros adjetivos esconde un carácter trabajador y un empeño que no se lo quita nadie. Siempre ha intentado llegar a acuerdos con las autoridades porque reconoce en ellas el poder, pero éstas siempre se han negado.

En el corazón de la gente nadie pide ser patrón, aunque siempre ha soñado con ganar algún juego de azar para poder pagarle para que haga lo mismo. Y el común de la gente hoy se pregunta: ¿Ustedes creen que los cabros salen a la calle simplemente por alegar? ¿Los obreros del salitre salían porque querían derribar lo establecido? ¿Los mapuche queman camiones por deporte?

Ese roto que siempre es mirado en menos en realidad no pide mucho. Quiere ponerse en igualdad de condiciones para decir “míreme, tengo dos manos buenas para trabajar, tengo las ganas de hacerlo, yo voy donde usted me mande, pero quiero que me respete porque los dos somos personas. Enséñeme y haré el trabajo que me pida, deme las herramientas y si quiere le construyo una casa gigante, deme apoyo y yo le devolveré un buen trabajo, deme tiempo y crea en mí, porque soy sincero con usted.

Pero, por favor, hagamos un trato. Ayúdeme a hacer ese buen trabajo enseñándome con paciencia porque me cuesta entender las cosas a la primera, págueme lo que me corresponde porque me lo merezco sin ser arrogante y simplemente por una razón: trabajo por necesidad. Necesito llevar el pan a la casa y pagar las cuentas y por eso acudí a usted. Pero si estamos juntos rememos para el mismo lado, hagamos las cosas bien. Yo le ayudo y usted me ayuda, usted puede ser jefe y yo empleado, pero los dos podemos tratarnos de buena manera. Mirémonos a los ojos y escuchémonos con atención porque los dos tenemos algo que decir”.

Si nuestras clases dirigentes escuchar lo que ese roto nos dice otra sería la historia.

01 noviembre, 2011

Hacia la solución: políticas públicas con base en la pedagogía

Las últimas seis columnas en este sitio han sido sólo crítica con el fin de hacer un diagnóstico muy general de las causas que desmotivan, que ahuyentan o que entorpecen la asociatividad y la participación de la ciudadanía en el sistema político. El tejido dinero-política-religión ha impedido los cambios estructurales que la sociedad civil demanda. Este año, la cosa ya no dio para más.

Atrás quedaron los días en que Eduardo Frei Montalva (1964 - 1970) inauguraba una era dorada de la participación al fomentar la creación de sindicatos campesinos y grupos de base como centros de madre o juntas de vecinos generando canales efectivos de comunicación entre gobernantes y gobernados. Mediante la “Revolución en Libertad” la gente tuvo mayor empoderamiento para que, con la asesoría y educación desde el Estado, fueran capaces de tomar decisiones autónomas y efectivas. Casi medio siglo después ese mismo Estado hoy se desvanece intentando acallar las voces que piden reformas urgentes y estructurales.

Por ello es que en las siguientes nueve columnas elaboraré desde mi condición de ciudadano residente en Chile algunas orientaciones a la clase política para reformar estructuralmente el sistema imperante, esta democracia que un día se consideró como el mejor sistema para que los del “pueblo” de 1820 participaran (es decir, todas las variantes de la aristocracia) y que hoy, en 2010, hicimos nuestra.

Algunas de estas propuestas se recogen de otras partes del mundo luego de una revisión exhaustiva de material, otras son voces que la ciudadanía pide desde hace años y algunas son de mi autoría. Espero sea un compendio que sirva a clase política y ciudadanos de todas partes que compartan esta condición de querer que las cosas cambien haciendo propuestas concretas y sustentables. Este es mi humilde aporte a Chile, una tierra que posee un sistema político que no me gusta para nada, pero que tengo ganas de cambiar. Porque estoy convencido que si uno parte se encontrará, ciertamente, con otras voces que comulgan en ideas pero que les falta unión.

Estas son 50 medidas que trabajan en 8 ejes programáticos para imaginar al Chile del 2020 o del 2030 más participativo, más inclusivo, más respetuoso y atento oyente de los ciudadanos que tienen y no tienen voz. Éstas se enmarcarán dentro de la propuesta de Estado Complementarista que he relatado algunas semanas atrás y en la lógica de las Políticas Públicas con base en la Pedagogía que describiré a continuación.

Los ocho ejes de trabajo a analizar serán: partidos políticos, asociatividad ciudadana, participación ciudadana, reforma tributaria, servicios públicos, campañas políticas, Parlamento y Constitución Política del Estado. Espero les gusten y las destrocen con críticas para hacerlas mucho mejores de lo que están pensadas. Al final de este ciclo compartiré el documento de trabajo que sintetiza todo lo aquí expuesto.

Políticas Públicas con base en la Pedagogía (PPBP).

Nuestro sistema político y sus vicios han generado baja participación en diversas instancias de asociación y mecanismos de consulta sobre políticas públicas, lo que redunda en la poca identificación con los planes de acción en diversas materias que implementan los gobiernos. Aquí radica la importancia de ejecutar procedimientos que hagan partícipes a la ciudadanía en todos sus niveles para generar altos grados de compromiso con el objetivo que se quiere lograr.

Es por ello que se proponen, para ello, Políticas Públicas con base en la Pedagogía (PPBP), es decir, la aplicación de algunos principios de la ciencia de la educación en la realización de las políticas públicas, concebidas desde la participación en todas sus etapas, poniendo énfasis en la consulta a los directos involucrados. Se debe trabajar, para ello, en base a:

· El conocimiento, es decir, una interacción construida por el sujeto cognoscente cuando interactúa con los objetos físicos y sociales. Ésta transforma al objeto al actuar sobre él trastocando sus estructuras o marcos conceptuales. Conoce más del objeto en cuanto más se aproxime a él.

· El aprendizaje, entendido como un cambio en la conducta, que se da en la internalización de la relación sujeto-objeto. Es imposible que aprenda si no es capaz de entender el contexto en que se desenvuelve.

· La mediación. Fundamental en este proceso, plantea que la relación sujeto-objeto no se produce en forma directa, sino que existen mediadores. El más común de todos es el lenguaje.

· El establecimiento del “contrato pedagógico”, un acuerdo implícito donde se establezcan reglas y sanciones por el no cumplimiento de éstas, siempre desde un consenso entre las partes que lo suscriban.

· La participación. Todos los involucrados en el proceso deben estar presentes con voz y voto en el conjunto de acciones y decisiones que se tomen.

Si somos capaces de tomar estos conceptos tendremos como resultado políticas participativas que generarán altos grados de participación y compromiso; por ende, una gestión exitosa con un cumplimiento efectivo de las metas propuestas.

Los principios que sustentan las PPBP son:

· Romper prejuicios y preconceptos sobre ciertos grupos sociales.

· Consulta a todos los involucrados sobre todas las ideas a tratar.

· Canales de participación expeditos y sin exclusión alguna.

· Crítica constante de todas las propuestas.

· Búsqueda permanente de desafíos (cómo llegar más allá de lo propuesto originalmente).

· Ajustar las expectativas a las realidades locales.

· Comisiones de trabajo transversales e interdisciplinarias que representen las distintas corrientes de opinión involucradas.

· Probar la teoría en áreas no afines a la propuesta planteada.

· Establecimiento de acuerdos previos en donde se establezcan premios al cumplimiento de metas (refuerzos positivos) y sanciones por el no cumplimiento de las mismas.

· Conversar con todo el equipo de trabajo sobre los conflictos y buscar canales de solución consensuados.

· Mecanismos consensuados de evaluación de las metas.

· Un sistema consensuado de gestión por resultados (a medida que se cumplan metas se liberan los recursos de todo tipo para pasar al siguiente nivel de logro).

· Fomento (refuerzo positivo) a la innovación en las políticas que se apliquen.

31 octubre, 2011

La alianza que lo entorpece todo.

Anteriormente se analizó de forma muy breve la nueva crisis moral que atraviesa la república chilena como causa de la baja participación de las personas en diversas instancias de asociación y consulta de políticas públicas. Hoy corresponde el turno a analizar a la alianza fatal que nos tiene en esta situación.

A todas las causas anteriores podemos sumar la segregación política de algunos grupos de los círculos de poder capaces de tomar decisiones importantes; las imposiciones culturales de algunos grupos hacia otros.

Porque uno de los atentados más grandes a la democracia ha sido que unos pocos líderes de opinión aplasten a otros marginándolos porque no cumplen con ciertas normas basadas en preceptos religiosos o sociales. Intentando manejar a la opinión pública y con base, por cierto, en el poder eclesiástico, se han discriminado a grupos que no necesariamente son minoría numérica con el fin de rescatar y resaltar lo que “está correcto”.

Independiente de la creencia que usted tenga, ¿Se puede negar el inmenso poder cultural que tienen, por ejemplo, las iglesias en nuestro país? Y si le hacemos alianzas con quienes detentan poderío económico nos encontramos con una fuerza casi incontrarrestable. Durante el siglo XIX se les hizo más fácil manejar el Estado y construirlo a su manera; pero, durante el siglo XX las masas se les vinieron encima.

Política, dinero y religión han hecho una alianza implícita que se ha manifestado en la construcción de nuestra institucionalidad. Este tejido, finalmente, es el que ha bloqueado cientos de acuerdos que benefician a las grandes masas o han permitido generar las grandes transformaciones que necesita el Estado.

Las crisis son los momentos en los que los grupos de poder denotan la forma que tienen de resolverlas, ya sea por acuerdos o por el uso de la fuerza. Apliquemos esto, por ejemplo, al conflicto estudiantil: la alianza política-dinero-religión se conjuga para evitar la concreción de que el Estado (principal garante para que todos juguemos en las mismas condiciones) se haga cargo de este sistema basado en la gratuidad y el acceso universal bajo la premisa que restará libertad a quienes consideran normal la situación actual.

La primera materialización: los medios de comunicación que guían a la opinión pública (que no tiene acceso a la diversidad de información que entrega internet) a que piense que, por poco, sustentaremos la educación de los más ricos.

La segunda materialización: la Constitución, ese acuerdo elaborado por Jaime Guzmán que elaboró (claro, en conjunto con otros de su misma especie) el texto más conservador en un siglo y medio, en el cual se prohibieron cuantos obstáculos había a la materialización de algunos anhelos sociales. Léala un ratito y después busque el resumen de la Constitución de 1925; sorpréndase con las diferencias.

Es ley que cuando los ciudadanos comunes y corrientes se unen para romper ese tejido (como es lógico, liderados por una élite intelectual) son rechazados por todos los medios que ponen a su disposición. Siempre pasa porque no son capaces de dialogar haciéndose un flaco favor y evitar derramamientos de sangre o mártires innecesarios cuando se saben hacer las cosas.

Independiente de lo anterior, la culpa del sistema político también recae en que no existe en muchos personajes de la clase política la separación entre sus intereses y la verdadera representación de los ciudadanos que lo escogieron. Es decir, en el papel la Iglesia y el Estado se habrán separado; mas en la realidad muchas veces siguen juntos.

El día que la unión política- dinero-religión deje de operar en las mentes de quienes detentan poder vamos a poder conversar tranquilamente. No se trata de derribar el Estado ni de cambiarlo todo mediante una revolución universal sangrienta en la que terminemos todos muertos o en cárceles, sino que es hacer la justa petición de hacer funcionar el sistema como fue ideado: para que todos sus hijos tuvieran las mismas oportunidades de progresar sin necesariamente explotar al otro. Porque la diferencia está cuando unos cuantos se aprovechan de todos los demás.

Cuando dejen participar a la gente de forma limpia y transparente, sin influencias ni grupos de poder de por medio, ese día las cosas van a andar mejor y los grupos de poder tendrán su anhelada paz social para poder seguir progresando.

Y ahí recién los indignados que tanto les molestan dejarán de indignarse.

30 octubre, 2011

La nueva crisis moral

“Maleta de Opiniones” se encuentra en un nuevo ciclo de columnas intentando encontrar las causas de la baja participación de los chilenos. Se ha abordado desde una perspectiva filosófica, revisando la culpa de los partidos políticos y de nosotros mismos en este lío, abordando también la breve descripción de un modelo dependiente de un puñado de familias que lo controlan todo.

Hoy es el turno de detenernos en esta nueva “crisis moral de la República” que desmotiva a muchos a involucrarse en asuntos que sólo “le competen” a la clase política.

Porque, como alguien decía hace un siglo, “me parece que no somos felices; se nota un malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de los que lo habitan”. Porque tenemos, por ejemplo, un tremendo gasto asegurado en defensa pero, “¿Tendremos también mayor seguridad; tranquilidad nacional, ideas más exactas y costumbres más regulares, ideales más perfectos y aspiraciones más nobles, mejores servicios, más población y más riqueza y mayor bienestar? En una palabra, ¿progresamos?” (1).

Al Chile de 1910, o mejor digamos, sus clases más altas, se les imagina como derrochadoras y ostentadoras de la fortuna que tenían, trayendo los últimos adelantos en moda e inventos al último rincón del mundo. Lo que mejor puede ilustrar esta situación es la forma en la que vivía Temuco en esa época: una ciudad que tenía mucha población rural con los mapuche como invitados a los festejos del Centenario y una clase rica que gustaba de ver las retretas del Regimiento. Era la ciudad seria, pujante y progresista que acomodaba a estos hombres de dinero.

Pero, tras cruzar el río, la “Villa Alegre” llena de cantinas y lupanares, en donde los curagüillas de siempre se batían a duelo con pistolas y cuchillos, donde esos mismos que tocaban en la banda en el día se emborrachaban en las noches. Y en los suburbios cercanos la pobreza, la marginalidad, los conventillos donde se lavaba la ropa y se bebía agua.; o quizás los mapuche que debían acudir a intérpretes porque a punta de vino se les robaba la tierra. Es decir, en Temuco que no se mostraba porque “era feo”.

Cien años después todavía estamos esperando ser felices (o por lo menos la alegría). Porque vivimos en esa misma dualidad en la que mientras unos ostentan los que tienen los otros tratan de igualarlo. Hoy los pobres no son esos que viven hacinados en conventillos sino los que, por la culpa de la tarjeta de crédito se llenaron de deudas y no saben cómo pagarlas. Porque mientras unos sí pueden pagar lo que tienen los otros que no se llenan de deudas para tener lo mismo.

Los magos de la Dictadura Militar nos enseñaron que existen chilenos de primera y de segunda, que había que desarmar al Estado, que había que reducir lo público al mínimo. Es verdad, hoy vivimos mejor que nuestros padres y nuestros abuelos, pero ¿A qué costo? ¿Queríamos realmente vivir así? ¿Alguien nos preguntó si queríamos este modelo de desarrollo?

Antes el exilio era arrojar al opositor al extranjero y marcarlo como un peligro para la sociedad a través de una letra en el pasaporte. Hoy es discriminarlo por lo que no tiene o marcarlo por cómo se ve y eso precisamente fuerza a adquirir ciertos bienes.

Porque hoy los que se indignan quedaron desheredados del sistema y compartiendo las migajas de lo que ganan las clases más altas. Y lo peor de todo es que creemos que eso es normal y que está bien.

Hoy la República del Bicentenario está sumergida en una profunda crisis moral y por eso sus hijos están cuestionándoselo todo. Eso lleva a muchos, también, a indignarse.

(1) Mac Iver, Enrique. (1900) Discurso sobre la crisis moral de la república. Imprenta moderna. Santiago, Chile.

29 octubre, 2011

Chile, donde el chancho está mal pelado.

Al cumpleaños de Chile, donde repartimos la torta del Bicentenario, los 10 parientes más ricos (los blancos, rubios, de ojos azules que caminan como perrito chow chow como dijera un humorista) se llevaron la mitad de la torta; mientras que los 10 parientes más pobres se repartieron el marrasquino. Todos trabajaban en la misma empresa, el Estado, que es como la gran casa en la que, a la fuerza o no, todos conviven.

Es como una empresa con múltiples subdivisiones por área. Cada uno tiene el derecho y el deber de escoger al dueño cada cierto tiempo con el fin de que todos tengan acceso, en teoría, a ser elegidos. Como no todos tienen las mismas propuestas los que son afines se alían para ofrecer una propuesta para manejar la empresa por los próximos cuatro años.

Esta analogía puede servir de ejemplo para lo que quiero fundamentar en esta columna (que el chancho está “mal pelado”). Estamos en el marco de un sistema democrático posible tras muchas luchas que detrás esconden matanzas, gritos desesperados por cambiar la situación existente y discusiones acaloradas en las que incluso los miembros de una misma familia no podían verse las caras.

En apariencia, esta gran empresa está manejada por todos pues el gran jefe es elegido por la ley de la mitad más uno. Pero, ¿En realidad es así o será que finalmente las decisiones no las toman nuestros representantes sino que su red de contactos?

Aunque el espíritu de la ley dice que son nuestra voz allí representada la verdad es que en casi la totalidad de los casos cuando hay decisiones en las que se contrapesa la voz de las grandes empresas con la de los pequeños productores o de los ciudadanos de a pie con los grupos de poder siempre termina ganando el que más pesa; no en número, sino que en influencia.

Es decir, siempre gana el que tiene el poder del dinero o el que detenta la guía de la opinión pública. De un puñado de familias, que podría contar usted “con los dedos de unas pocas manos”, depende el futuro de nuestro país.

El problema es que la gente se aburrió y hoy está manifestándose contra eso. Porque lo que partió con el justo reclamo por HidroAysén hoy es la crítica a las bases de la institucionalidad. Hoy nos dimos cuenta que el país de hace 200 años y el de hace un siglo es el mismo que el de ahora.

Y no se trata de pedir que el mundo “gire para el otro lado” como dicen algunos. Se trata de que si vamos a jugar a que ellos son los empleadores y yo el empleado pido un buen ambiente de trabajo, las reglas del juego claras y que nos tratemos con respeto.

Sólo así podremos pensar en que dejemos de indignarnos. He ahí la culpa que tiene este modelo exclusivo de chile en tiempos de los indignados. Porque si no podemos llevarnos toda la torta por lo menos queremos que se reparta de igual manera, porque todos tenemos hambre.

16 octubre, 2011

El necesario mea culpa de los indignados.

Atrás quedaron los años en que el gobierno de Eduardo Frei Montalva podía enorgullecerse de los altos niveles de participación y sindicalización que los trabajadores del país poseían. La sindicalización obrera (que se aprobaba casi en conjunto con la ley de Reforma Agraria) era furor (comparada con otros períodos) y generaba formas de asociación inéditas como los centros de madres, las juntas de vecinos y otros que hoy consideramos como normales.

¿Dónde quedaron, pues, esos días? Puede ser por la influencia que tuvo la dictadura militar o quizás por esa democracia que cada vez quedó más encerrada en las cúpulas políticas, que la participación en cualquier instancia de asociación y participación es cada vez menor. Actualmente, incluso, se promulgó una ley al respecto pero nada, las cosas siguen igual.

Hoy es el turno de hacer un mea culpa como sociedad y ciudadanos.

Cuando Rousseau hace muchísimos años planteó la idea del “contrato social”, es decir, aquel pacto que hacemos con nuestros gobernantes (que convirtió a Luis XVI tras la Revolución Francesa como Luis, por la Constitución del Estado rey de los franceses), señaló en pocas palabras que los hombres entregábamos nuestra soberanía (la capacidad de elegir y ser elegidos con igualdad de condiciones con respecto a los demás países) a quienes mandatan el país.

Es así como en los procesos eleccionarios democráticos entregamos el poder de tomar decisiones a las autoridades que se presentan a ellos. Sin embargo todos en más de una ocasión, unos más que otros, nos descuidamos del proceso. Es decir, pasadas las elecciones ellos mandan y nosotros volvemos a nuestras vidas.

Pero, ¿Alguien revisó el programa del candidato o se fijó que éste, por algún medio, lo expusiera de forma clara? ¿Alguien se fijó que sus familiares no se dejaran seducir por los regalos que pudiera traer el candidato (como lentes o bolsos de feria) cuando anduviera de gira? ¿Alguien revisó cuál era la trayectoria del candidato y si tenía consecuencia con sus actos, ideas y propuestas?

Pueden parecer datos anexos pero en tiempos de desconfianza es necesario revisar en todos los candidatos lo que va más allá del nombre en la papeleta y los afiches propagandísticos. Porque si sale elegido será la consolidación de su camino legitimado por nosotros y nadie más que nosotros. Es decir, le estamos firmando un cheque en blanco para que administre nuestro poder como quiera. Sí, está limitado por la ley y debe responsabilidad a su “pueblo”, pero es nuestro poder y eso es lo que interesa al final de todo.

El gran mal de la ciudadanía en general incluso en los tiempos de mayor confianza (digamos, después del plebiscito) fue confiar absoluta y desmedidamente en nuestras autoridades nos cayeran bien o no, aspecto que es completamente negativo en un sistema democrático. No hay que confundir la confianza en las instituciones con la que se tiene en las personas: éstas manejan hombres y mujeres que, insisto, son legitimados en sus cargos por nosotros.

Por eso, aunque la culpa pueda ser absolutamente de quienes están en el poder, hay que hacer un mea culpa de nuestra responsabilidad en lo que hoy está pasando. Reconozcamos humildemente que por pecar demasiado de confiados actualmente ya no creemos, como sociedad, en nada.

Por eso, cuando buscamos los responsables, son tan valoradas las personas que manejan bien el poder que les hemos dado y han hecho cosas positivas por la gente, por todos.

Pero como una vez escuché muy sabiamente también hemos llegado a una situación que no es motivo de orgullo para nadie: cualquiera que no esté mal evaluado puede ser Presidente de la República. Por eso cuidan tanto a ese par de ministros que evita que el actual gobierno siga cayendo en picada.

Es de esperar que, sin llegar al odio extremo sigamos participando como siempre pero con la necesaria desconfianza del que presta dinero a un amigo esperando su devolución. Por eso Juan Segura vivió muchos años.