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23 julio, 2013

José Jesús Sepúlveda: Periodismo hasta las últimas consecuencias.

Comprar o leer un periódico en la actualidad supone la existencia de una gran cantidad de personas letradas y con poder adquisitivo suficiente como para comprar una versión de los hechos cristalizada a través de la prensa escrita. No obstante, en un contexto de democratización de Internet, de manera gratuita se puede acceder a información al instante y sin salir del hogar. Adquirir un diario en 1887 era una proeza, puesto que era muy difícil traer las máquinas de imprenta y porque el público lector de la época era reducido. No obstante, el martes 8 de marzo de ese año sale a circulación el primer ejemplar de El Cautín, que poseía una clara tendencia opositora a los delitos de la autoridad.

Con él, se hará conocido en el mundo el periodismo, José Jesús Sepúlveda, un pionero que con su aguda crítica desentrañó nuestra compleja sociedad de finales del siglo XIX. Por ejemplo, cuando reclama contra las inasistencias de los regidores a las sesiones del Municipio en un claro abandono de deberes. Manifiesta en su columna “Más lógica” (El Cautín, 24 de junio de 1888), que:

“En presencia de la inasistencia de nuestros Ediles a las sesiones ordinarias del Municipio, puede temerse que lo que hoy es accidental puede convertirse en un problema. (…) Nuestros barrios son estrechos, podemos decir que vivimos contiguos, en lugares de insalubridad. (…) Poco no nada vale la pena en esas reuniones, y lo peor es que el municipio no se pone de acuerdo en las medidas que deben adoptarse. Por lo pronto, tienen que arreglar la salubridad pública, el alumbrado y muchos otros asuntos de vital importancia. Esto requiere estudio, trabajo, buena voluntad, abnegación. Hay que posponer el interés particular al general, hay que ser consecuentes con el mandato del pueblo” .

Elaborar una crítica de este tipo era sinónimo de persecución por parte de la autoridad. A pesar de que opiniones como estas eran leídas por un número reducido de personas, generaban escozor en las autoridades y personas influyentes, quienes no se quedarían sólo en la rabia y muy pronto comenzarían a cometer acciones para acallar las voces que los contrariaban. Nos comenta sobre una situación que conocemos muy bien en la actualidad, más de cien años antes:

“Falta poco para que los diferentes partidos se disputen (…) en los comicios y hagan su aparición en los comicios y en la tribuna electoral Los odios políticos son la consecuencia lógica de la profunda ineficacia que tienen los odios políticos en la ciudad, que vienen interrumpiendo la marcha pacífica de la vida republicana en esta comunidad” (29 de octubre de 1887).

                Respecto al mítico rol de los colonos en los primeros años de vida de la ciudad, sobre los que hemos leído tanto, comenta que:

“se quieren dar el instinto de creerse señores feudales en los pedazos de terreno (que poseen), por como tratan a los campesinos: ya amarrándoles un buey, ya cerrándoles las sendas por dónde sacan carbón, madera y hasta por dónde sacan las cosechas. Todo esto va en detrimento de los habitantes laboriosos que viven bajo el imperio de la ley” (28 de enero de 1888).

                No es mucho lo que se conoce de la biografía de José Jesús Sepúlveda, tan solo las crónicas que se registran en periódicos encapsulados en microfichas de la Biblioteca Nacional a más de seiscientos kilómetros de distancia en vez de guardarse como corresponde, en las ciudades de origen. Sin embargo, he querido traer a la memoria esta semana a quien fuera uno de los periodistas más osados en su tiempo, y que denunciara los delitos de la autoridad a riesgo de que el periódico fuera empastelado, o dicho de otro modo, que se asaltara la imprenta y se robaran la mayoría de los ejemplares del periódico.
                Lo peor, es que estos delitos los cometían las autoridades.

                Por medio de este periodista quisiera rendir un homenaje a todos quienes realizan diariamente la noble tarea de llevar los hechos tal cual son a la ciudadanía en general, especialmente a todas y todos quienes lo elaboran lejos de quienes quieren comprar la verdad o controlar la opinión pública. Especialmente, a quienes elaboran periódicos como éste a pesar de las constantes dificultades y restricciones.


                José Jesús Sepúlveda pertenece a una época dorada del periodismo local que culminó en 1916 con la aparición de El Diario Austral y su posicionamiento como el principal medio regional. Una época donde se arriesgaba la vida y la familia por hacer periodismo y, además, generar opinión. Quizás, deberíamos tener presente más ejemplos como éste para mejorar nuestra realidad cotidiana en un Temuco donde pareciera ser que las utopías no tienen campo para su florecimiento y esplendor. Una forma de hacerlo es haciendo periodismo hasta las últimas consecuencias. 

Celedonio Romero: El primer profesor de Temuco.

Nuestra ciudad no siempre fue esa urbe pujante con obsesión progresista que hoy conocemos. Antaño, en un pretérito perdido y casi olvidado, fue un oscuro y antihigiénico caserío que albergaba más conflictos que momentos de paz. Para quien no compartiera los criterios de la élite temuquense para dirigir la ciudad, la labor fiscalizadora era en extremo difícil.

Esta semana quisiera traer a la memoria a uno de esos héroes olvidados de Temuco, al profesor Celedonio Romero. En un mes como éste pero de 1887, en un galpón improvisado, echó a andar la primera Escuela de Hombres de Temuco en precarias condiciones. La descripción que hace al Intendente Alejandro Gorostiaga pidiendo recursos para su funcionamiento dice más de algo:

 “la escuela se encuentra en muy mal estado, tanto las piezas que sirven de habitación de preceptor, como el salón destinado a clases, tal es su estado que se hace inevitable” a causa del desabrigo; durante los días de hielo o tempestad no se puede funcionar. (…) el menaje de la escuela; se compone solamente de cuatro bancos escritorios nuevos y los restantes están sin uso, por el mal estado que se encuentran; por falta de estos útiles, me he visto a suspender la clase de escritura”.

De hecho, los 107 estudiantes del profesor Romero estudiaban en una única sala de clases que tenía 15 metros de largo por 5 de ancho y 4 de alto, donde no se encontraban elementos de trabajo o abrigo adecuado. Esto, por consiguiente, causaba prontamente la enfermedad de numerosos estudiantes y del preceptor.

¿Y la autoridad? Hacía oídos sordos a las reclamaciones de los profesores que tapaban con peticiones al Intendente Gorostiaga, que pasaban por pedir “libros de lectura 1ero, 2do y 3ero;  gramáticas aritméticas, geografías, catecismos, un mapa grande de Chile, un mapamundi y uno de América. Papel, tinta, plumas, pizarras portátiles, lápiz y tiza” por ejemplo, según consta en las crónicas de Óscar Arellano, hacia 1931.

Un año alcanzó a durar el esfuerzo del profesor Romero, tras el informe de la Comisión Examinadora de Escuelas liderada por Eduardo Gerlach. En el documento, se señalaba que de los 154 estudiantes matriculados solo asistían 50, y que de éstos sólo rindieron examen 40. Además, quedaba constancia de que la única sala de clase de la escuela no tenía suelo ni piso, y las paredes eran de tabla malamente ajustadas. Al mando de José Jesús Sepúlveda, entró en funciones en 1887 el Liceo de la Alta Frontera, provisional hasta la creación del Liceo de Hombres que mandaría a edificar José Manuel Balmaceda, un año después.

El profesor Celedonio Romero es de aquellos personajes olvidados que hoy no tienen ninguna calle o plaza que los recuerde, a pesar de su notable aporte para el desarrollo educacional de nuestra ciudad. Nos recuerda a esos profesores que lo entregan todo por sus estudiantes, nos empuja a trabajar siempre con la esperanza que otro puede aprender, nos motiva a hacer nuestra labor con verdadera vocación. Pero, como no tuvo un apellido ostentoso o grandes cantidades de dinero, no se le recuerda como corresponde.


¿No sería hora de homenajearlo con alguna calle o plaza? ¿No sería hora de relevar su nombre? Dejo la inquietud en manos de las y los lectores, y de nuestro Concejo Municipal. 

Una pausa para reflexionar sobre el aniversario de Temuco.

A Ana Karen, con quien compartí la alegría de desenterrar los mitos de la historia de Temuco.

Aunque como Tumuntu Ko existía desde tiempos pretéritos, como Fuerte Recabarren -conocido por todos como Temuco-, nació el jueves 24 de febrero de 1881 por la mañana, ya hace poco más de 132 años. Fue un parto tormentoso y turbulento, en plena Ocupación de la Araucanía, cuando Recabarren, Schmidt y Poisson llegaron al Chaimahuida, entre la Junta de Cerros y la Puerta al Cielo (Ñielol y Conunhuenu). Ahí, cuando le dijeron a Coñuepán, Paillal y Painevilo que sería el último Fuerte.

En la obsesión por convertir a Temuco en una ciudad turística, de servicios y negocios, nos hemos olvidado como comunidad de los hechos positivos y negativos que han contribuido a que nuestra ciudad posea este presente. Por ejemplo, de la reducción política, militar, simbólica, cultural, material y hasta sexual que sufrió el pueblo mapuche tras la instalación del Estado en estas tierras. También, de la sangrienta labor de Hernán Trizano al mando de los Carabineros de la Frontera ajusticiando a los bandoleros en la Quebrada de los Peumos –actual condominio Valle de la Araucanía, a un costado del Regimiento-. O quizás, de la difícil labor del periodista José Santos Sepúlveda, del profesor Celedonio Romero y del editor de un periódico similar a éste, Francisco de Paula Rivas, asesinado por encargo debido a motivos políticos.

Son 132 años que van más allá de la labor de los pioneros que huyeron de sus países por las circunstancias de su tiempo y que fueron recibidos como héroes: Son décadas de esfuerzos individuales y colectivos de todos por igual que han hecho grande, para nosotros, a esta ciudad. Colonos y profesores, prostitutas y militares, comerciantes y policías son los que han permitido este presente. No las líneas de su historia oficial -que, por cierto, ha sido escrita solo por dos personas-, que, por cierto, es necesario actualizar.

Vamos hacia el siglo y medio y pareciera ser que nuestro espacio común se ha transformado mucho. Error: Han sido transformaciones superficiales. Falta desconcentrar las celebraciones de aniversario del foco principal de atención y poner la vista en las poblaciones y los barrios, en recuperar la identidad mapuche y observar el río como principal eje conector. En, al menos, llamar la atención sobre la influencia negativa de la Cámara Chilena de la Construcción en el crecimiento desmedido de la urbe y la creación de obras públicas que nos llamen al reencuentro. Porque es tiempo de convertir a Temuco en el Chaimahuida, en un verdadero lugar de encuentro.

Llamo la atención hacia nuestra Municipalidad y a su Concejo Municipal en plano sobre la necesidad de combinar la instalación descontextualizada de máquinas de ejercicios con talleres de capacitación, música y diferentes expresiones artísticas en nuestras poblaciones. A Temuco le falta vida, color, música, letras y fotografía. Hay que romper con el mito que somos una ciudad “fome”.

Asimismo, es preciso comenzar a pensar en los desafíos futuros: En la incertidumbre sobre el futuro de Internet y su aseguramiento para todas y todos a nivel urbano, en el alza de las temperaturas, en la falta de agua, en el aumento del parque automotriz y ciclístico, en la influencia de la globalización, en la falta de suelo construible, en mayores vías de conexión, en el aumento de los residuos domiciliarios, en la necesidad creciente de energías renovables, en el aumento del número de estudiantes en los distintos niveles de enseñanza, en la habilitación de mayores y mejores espacios de recreación y turismo, en el aumento de la contaminación del aire y el agua, en la creciente población de adultos mayores. Estos son algunos problemas a los que es necesario adelantarse con políticas que miren al siglo y medio, al 2031. Aún tenemos tiempo para hacer más de algo, es preciso y trascendente confluir.


Más que prósperos, felices 132 años a todas y todos quienes hacen grande a nuestra ciudad, y a cada una y cada uno de quienes tomaron este periódico y se dieron el tiempo de leer esta columna. Sin dejar la vista en el pasado y en las necesidades del presente, comencemos a pensar el futuro de nuestra tierra compartida más allá de los fuegos artificiales. 

Del chamullo a la razón: ¿Por qué mareo tanto con el mismo tema?

Existe una creencia generalizada y ciega en que pasan y pasan gobiernos y las cosas no cambian,
asumiendo que la vida funciona así y no sobrepasa esos límites. De la misma manera, esa noción de que la persona que habla mucho de política comienza a vivir de los sueños y se aleja del funcionamiento real del mundo. En esa delgada línea comienzan los consejos a los jóvenes de que se alejen de la política partidista, o que tengan mucho cuidado porque “los peces grandes se comen a los pequeños”. No faltan aquellas recomendaciones de aprovechar mientras se pueda, porque “en la política está la papa”. Algunas de ellas, muy ciertas.

Sin embargo, inmediatamente surgen algunas reflexiones de las que uno, como persona política, no se puede abstraer. Es que esa delgada línea entre la discusión política y el chamullo comienza a surgir separando las confianzas entre quienes toman las decisiones y la gran mayoría de ciudadanas y ciudadanos. A eso viene esta columna, a intentar responder por qué “chamullo” tanto.

¿Qué por qué se me ocurre hablar tanto de política? Porque cada persona intenta alcanzar sus sueños construyendo, en la medida que alcanza lo imposible, cosas concretas. No falta el niño que quiere ser futbolista o astronauta, o la persona que quiere dejar de trabajar para descansar después de muchos años. Pues bien, como muchos, la meta de este columnista es cambiar lo existente aunque sea en lo más mínimo. La utopía, quizás, es convencer de que llegará el día en que vendrán gobiernos que trabajarán de verdad por la gente, y harán cambios que se verán.

¿Qué por qué pensar tanto en política, si las cosas no van a cambiar nunca? Es cierto, el funcionamiento del mundo está atado entre poquísimas manos. No obstante, existen dos grandes opciones: O me quedo viendo cómo mi país se queda en el mismo estado de cosas de siempre o hago algo, aunque sea lo más mínimo, para cambiarlo. No es necesaria la fuerza; puede ser esbozando una sonrisa al atender a alguien o imaginando una nueva forma de hacer las cosas. Son pequeños gestos los que, sumados, contribuyen a cambiar la existencia.

¿Qué uno solo no puede hacer nada? Es verdad, una persona sola no tiene mucho campo de acción para llevar a cabo lo que piensa. Sin embargo, si es capaz de convencer a sus semejantes de buscar nuevos caminos para transformar de manera trascendental lo que observa a su alrededor puede hacer mucho. La diferencia está en hacer carne las ideologías y de aterrizar las utopías.

No puedo no culpar a las administraciones que han gobernado Chile durante los últimos 40 años por la huella negativa que han dejado en nuestra gente. Si hoy una gran masa de chilenas y chilenos no quiere participar es por la culpa de nuestra clase política por gerontocrática, por su poca capacidad de autocrítica y renovación, por su ceguera infinitamente renovable, por su ceguera ante el descontento social. Civiles y militares por igual han dejado en el país la idea de que todo hay que dejarlo en manos de “los políticos”, y que ya nada se puede hacer.

Es eso lo que no solo tiene a quien escribe, sino que también a muchos haciendo más de algo por cambiar las cosas.

La gran diferencia entre los muchos que se han visto y quienes realmente pensamos en el interés superior de nuestros semejantes antes que en nosotros es que ese “chamullo” tiene sustento, incluso más de alguna explicación sustentada de lo que nos tiene en este presente. Pasa también por ser consecuente con lo que se piensa, se dice y se hace, y por mostrarse sincero para con quienes confían en el trabajo de quien quiere ejercer la noble y difícil labor de representar a una comunidad ante las instancias de decisión.

La gente tiene un poder que pocas veces ha dimensionado en nuestra historia republicana, y se ha dejado llevar por proyectos elitistas y cupulares que al final terminan excluyéndola de las grandes transformaciones. La meta personal de quien expone estas letras es cambiar eso, luchar por procesos microdemocráticos que nos lleven a transformar Chile para siempre, de devolver la capacidad de creer y soñar a quienes hoy muestran desconfianza. No desde el mesianismo, sino desde la comunidad.


Sí, por eso hablo siempre de la misma lesera, por eso no me quiero callar nunca, por eso chamullo tanto: Porque quiero pasar del chamullo, a la razón y, espero que dentro de poco, a la acción. 

04 enero, 2013

El incendio de Vilcún y el fracaso del Estado en La Araucanía.


Por la fila del Correo de Temuco han pasado todos quienes forman parte de algún sector social de La Araucanía. Por igual, han enviado cartas los descendientes de colonos, los mapuche que residen en sectores rurales y los más tuiteros, los mestizos y los turistas, los de las grandes empresas y los del negocio de barrio, los de ingresos altos y quienes tienen a su familia en la cárcel. La semana trascurría normal hasta que el incendio de Vilcún nos remeció la agenda.

Chilenas, chilenos, este incendio no es casual ni coyuntural. Es producto de una larga historia que intentaré resumir en breves líneas.

A juicio del profesor y actual Premio Nacional de Historia, Jorge Pinto, el Estado nacional se propuso “cerrar el círculo de su propia creación”; no obstante, aún se mantiene abierta una herida que ha impedido concretar el discurso de unidad nacional que impulsó nuestra clase dirigente en el siglo XIX. La frontera entre la modernidad y el atraso se encuentra en la modernidad y el progreso, quien se sume tiene asegurado un puesto en la escena nacional. En palabras de Leonardo León, la violencia mestiza y la automarginación mapuche complotaron contra los anhelos de unidad, lo que los excluyó automáticamente.

El error de las autoridades chilenas de la época, entonces, fue dirigir su fuerza militar contra los mapuche, que por siglos demostraron su voluntad de pactar acuerdos, siendo los mestizos quienes no cedieron sus espacios de autonomía y libertad. Todo ello derivó en la situación de conflicto y violencia post-ocupación. A partir de 1900, mientras que brotaba a borbotones la violencia, a nivel oficial todo hacía pensar que la ocupación había traído prosperidad y progreso. Según Rodrigo Andreucci, la mayoría de las propuestas de ocupación adolecieron de errores comunes –y que se repiten hasta el presente-: Ignorancia generalizada sobre los problemas de la zona, incomprensión de la idiosincrasia mapuche y falta de información sobe el espacio físico.

Sin ir más lejos, mientras en 1881 se comentaba a las autoridades de Santiago que Temuco estaba pacificado y que crecía floreciente, la situación era diametralmente opuesta: Los días 27 de febrero, 9 y 10 de marzo y 9 de noviembre se demostró que la población originaria defendería lo suyo hasta ofrendar su vida. Coronando una larga historia de expoliación, el Cautín corrió rojo de sangre dejando una cifra cercana a los dos mil muertos. Se cuenta, por ejemplo, que en el silencio de la noche se oía fuerte la fusión del ruido del caminar de los caballos con el pisoteo de los cráneos de los mapuche muertos en batalla.

Cincuenta años después, Óscar Arellano comentaba que el araucano virtualmente vencido, sumiso y manso “no podía ya, buenamente sentirse con ánimo de rebelión, a menos que se le exasperara con injusticia y arbitrariedades”. Una visión que mantenían los extranjeros como Gustave Verniory, quien en febrero de 1896 comentaba que vio frente una ruca “a un indio pegándole a una mujer fuertes bastonazos. Como le reprocho su crueldad, me responde tranquilamente, sin cesar de darle golpes: “Feika mapuche kewai kure” (“Es así como los mapuches corrigen a sus mujeres)”. Rodolfo Lenz escribía ese mismo año que ““Han aceptado la lengua i los pantalones del español i con estos solos dos hechos se han convertido en huasos chilenos”.

Lo anterior es parte de la acción de la alianza Estado-oligarquía-ejército sobre los mapuche. La ocupación no fue solo militar, también lo fue en lo político, económico, simbólico, cultural, social, familiar e íntimo.  Es decir, desde lo territorial hasta lo sexual.

Los colonos hicieron otro tanto. La familia Luchsinger es descendiente de aquellos colonos que huyeron de sus países de origen por la difícil situación económica en que se encontraban y que llegaron a las nuevas tierras como héroes pioneros. Su comportamiento no era el más ejemplar, a juzgar por las palabras del columnista José Jesús Sepúlveda en El Cautín del 28 de enero de 1888. Comenta que “se quieren dar el instinto de creerse señores feudales en (sus) pedazos de terreno, por como tratan a los campesinos: ya amarrándoles un buey, ya cerrándoles las sendas por dónde sacan carbón, madera y hasta por dónde sacan las cosechas”. Por más que se le reclama a la autoridad, ésta hace oídos sordos, y cuando se da una solución siempre es favorable a los extranjeros. Es más, si hacemos un cálculo moderado aproximado en donde $1100 actuales equivalen a  $1 de 1881, probablemente compraron tierras a precios que fluctúan entre los $3850 y $62.700 por hectárea. Todo un negocio.

Todos han fracasado en esta historia: Los gobiernos de la Concertación por reducir todo a tierras y becas y porque bajo su administración se asesinó impunemente; personeros de la Alianza por llamar constantemente al Estado de Sitio; la multigremial y Emilio Taladriz por su actitud de confrontación y progreso ciego; Carabineros de Chile por los allanamientos cruentos que hace a las comunidades y la violación abierta a los Derechos Humanos cuando amenaza y detiene sin contrapeso legal –subiendo niños a helicópteros bajo amenaza de lanzarlos al vacío si no “confiesan”; el Gobierno por ponerse únicamente del lado empresarial.

Si pasa por Ercilla o Collipulli podrá ver los pinos eucaliptos a la entrada de las casas, un verdadero campo de batalla para Carabineros y, de noche, una carretera sin nada de iluminación o seguridad. No hace falta declarar Estado de Sitio pues la actual dictadura virtual se expresa en todo su esplendor.

Chilenas, chilenos: Hay gente a la cual le conviene que la situación de La Araucanía se mantenga así pues el valor del suelo baja, la mano de obra es más barata, se consolida el eterno poder de la gente de siempre, se deja a los mapuche casi sin tribuna para responder y se depositan aquí todos los estigmas que permiten a los gobiernos decir que “se frena la violencia”. Chequeen la información que ven en televisión por lo menos dos veces, discutan sobre el tema, aporten con soluciones. Pero, por sobre todo, inviten ustedes mismos a todos los involucrados a generar una gran Mesa de Diálogo regional para buscar una solución propia a este conflicto de más de ciento cincuenta años. Paremos la violencia física, simbólica y discursiva de una buena vez. Cultivémonos en la democracia que harto que le costó a las generaciones anteriores ganarla.  

Solo así toda la gente podrá hacer la fila del Correo sin esos estigmas que nos carga la violencia y la inseguridad. Y, como respondió Pedro Cayuqueo a Sergio Villalobos, dejaremos de ser un relato muchas veces inverosímil “de lo que fuimos para proyectar juntos un futuro posible” para ser una comunidad de hermanos y hermanas, de peñi y lamngen que se dan la mano e intentan superar ese trauma que nos dejó la llegada del Estado de Chile hace ya muchos años atrás.  

22 noviembre, 2012

Gabriel González Videla: su pasado y su recuerdo


Ley de Pesca, Ley Hinzpeter, una conducta opositora caracterizada como “asquerosa por una Ministra de Estado”. Para quien lea esta columna en algunos años más sólo cabe decirle de antemano: nos encontramos en un gobierno que, más cercano a la democracia, parece asemejarse a una dictadura virtual.

Muchos han intentado calificar la iniciativa que pretende desmovilizar a la población chilena y sus reivindicaciones sociales –ahora bajo el colchón de la legislatura- como una nueva “ley maldita”. Nada más cierto. Más que ahondar en su articulado, es necesario hacer una breve conexión con el contexto actual.

Gabriel González Videla, a su modo, trató de “jugar al empate” en su gobierno levantando un monumento al ego propio y a la zona que lo vio nacer, como tratando de desviar la atención de su mal manejo para con los movimientos sociales de la época. La Avenida Francisco de Aguirre lo recuerda en cada una de sus esquinas, y el monumento levantado en una administración similar no hace más que reforzar la concepción del gran estadista que levanta su mano muy en alto para guiar a su pueblo hacia el progreso, bajo el alero del modelo industrializador en declive de los años cincuenta. Con gran parte de la prensa a su favor, y bajo el disfraz de democracia, consiguió llevar al plano nacional las tensiones internacionales y proscribir a quienes lo habían apoyado en su camino a la Presidencia.

Es cierto, las condiciones internacionales ya no son las mismas y el contexto claramente no es igual. De hecho, el Estado está en permanente desconstrucción desde hace casi cuarenta años y el Presidente ya no tiene la necesidad de proscribir partidos políticos. Hoy el foco está en las nuevas formas de organización política chilena: los movimientos sociales. Como funcionan al margen de los partidos –por excelencia, las formas de calmar las tensiones- y son más difíciles de controlar, hay que buscar una manera de cooptarlos en favor del Estado. Qué mejor manera de enviar una Ley a un Parlamento eminentemente partidista y con, a ratos, leve mayoría, para que apruebe una iniciativa que desmovilice y castigue a la gente bajo el argumento de que “aportará a la mantención del orden público”.

Dentro de otros argumentos, vivimos en una dictadura virtual. Es que pregunto: ¿Cuándo se habían perdido votos de esta manera? ¿Desde cuándo que no se presentaban iniciativas legales de esta magnitud? ¿Cómo se encuentra la confianza en la democracia practicada en Chile? ¿Cuándo se había visto una manipulación comunicacional del país, al punto de magnificar justo en los días de presentación de estas leyes, enfermedades como la meningitis? Que me perdonen las sensibilidades políticas, pero pareciera que vivimos dentro de una dictadura disfrazada de democracia. Hoy más que nunca.

Chile olvida rápido y eso sí que es ley y tradición. No sé qué dirán las interpretaciones históricas el día de mañana. Sin embargo, no sería de extrañar que Sebastián Piñera pase a la posteridad como el gobernante que llevó al país al desarrollo y nada más, tal como Gabriel González hoy sólo se levanta como el creador del Plan Serena.

Parece que no es necesario recordar más. El pasado y el recuerdo negativos dan lo mismo. 

Para complementar esta columna, ver más en la editorial del mismo nombre, en el canal de YouTube: 
http://www.youtube.com/watch?v=2n0G2cXPXFM&feature=plcp

09 octubre, 2012

Los mapuche son malos: tesis de 24 Horas.


24 Horas nos mostró la verdad, señores: los mapuche son malos porque son asesinos de Carabineros que entran, siempre siguiendo a la inocente ley, a tierras donde viven personas que se oponen al progreso del país y a la unidad nacional.

24 Horas no miente, señores: nos muestra, después de un terrible accidente por parte de un gendarme que casi le cuesta la vida a un joven padre de familia, y antes de un trasplante a una embarazada, la terrible muerte de un mártir de una institución con altos niveles de confianza dentro de la población chilena. Y lo peor es que murió cumpliendo con su deber.

24 Horas nos muestra la integralidad de la noticia: nos cuenta, después de un acierto periodístico, que existen comuneros en huelga de hambre reclamando por detenciones injustas. De manera muy somera, es cierto, pero cumple con la premisa del canal: que el periodismo es el.

Esta es la tesis de 24 Horas.

Con espanto y estupefacción el país entero ha observado las imágenes que mostró, en su edición central, en relación a los últimos segundos de vida del cabo Albornoz, en un allanamiento en Ercilla. Situación terrible no sólo para una institución que tiene aquí mismo sus raíces con el “Bufalo Bill” chileno, Hernán Trizano, sino también para su familia, a la que no debió haber caído para nada bien la exhibición de tal cinta.

No puedo sino hacer algunas preguntas de rigor. Nada del otro mundo.  

¿Era necesario mostrar estas imágenes, a pesar de las advertencias de su alto impacto, a las 21.15 de la noche, cuando muchas personas comen después de sus trabajos, y en horario familiar?

¿Era imprescindible mostrar ese adelanto de Informe Especial, aun sabiendo que tenían más cintas? ¿Vale la pena, a modo de sutil equilibrio, mencionar muy someramente la existencia de comuneros en huelga de hambre, deslegitimando su visión del conflicto?

El gran problema es que las sistemáticas campañas del Servicio Nacional de Turismo para atraer gente, los empeños por hacer crecer a la zona con mayor inversión empresarial y las ganas de mejorar la imagen de la zona quedan en cero con tal decisión. Y lo peor de todo es que, desde Arica a la Antártica, con islas incluidas, creerán –salvo pocas personas que conocen ambas caras de la moneda, la mayoría viviendo en esta región- que los mapuche son malos.

Señores: se nos murió la televisión pública hace rato. Hoy hemos visto la confirmación de esta triste realidad, frente a la cual parece no haber salida.

Espero que, después de haber visto a la gente mala, no deje de ver a las “mujeres de familia” que son el fiel reflejo de la verdadera realidad. No se caliente la cabeza con mapuche “malos”. 

07 octubre, 2012

Una revolución en historia.


Chile es un país que olvida rápido. Lo lamentable de esta situación es que el consenso, en este sentido, es casi unánime. Después de una extensa y densa historia llena de aciertos y errores de nuestras clases gobernantes y la respuesta de sus ciudadanos, parece no ser suficiente para que distintos hechos relevantes, más allá del relato de una historia nacional –y, a veces, nacionalista- no repercutan en los habitantes de nuestro país.

¿Qué hacer, entonces, frente a una población que parece no interesarse en el estudio y análisis de los hechos pasados? ¿Cómo superponerse al relato tradicional basado en fechas y datos que parecen no tener conexión entre sí? ¿De qué manera se puede sobrepasar el mito de que aprender historia es “aburrido” y que “no sirve para nada”?

Es verdad: la profesora o profesor de historia debe entablar un relato cabal del pasado que permita comprender de manera integral el momento presente. Se hace difícil puesto que ni siquiera existen, en nuestros planes y programas, unidades al principio de cada año lectivo que permitan un aprendizaje con internalización sobre el tiempo y el espacio. Es más, ni siquiera reflexionamos sobre la distinción temporal que hacían los griegos, sobre el cronos y el kairós: mientras que el primero es el tiempo que se “come a sí mismo”, el segundo es el tiempo constructivo, del avance, del aprendizaje. Para muestra, un botón: es cosa de reflexionar sobre el sentido de palabras como cronómetro o cronología.

Más allá de las aulas, pareciera ser que al ciudadano de a pie le fuera indiferente esta materia. Y es paradójico siendo que la persona que cuenta un relato histórico es escuchada con atención por quienes desconocen algunos hechos pasados o no los manejan totalmente. En parte pasa porque, en una sociedad como la nuestra donde anda mucha información dando vueltas y es más importante hablar de las Argandoña –asumiendo que es “la realidad”- que de las desigualdades de nuestro Chile, esto no interesa.

Pareciera ser que hay que jugar a ser el mejor distractor entre tantos que andan rondando en el diario vivir, que hay que competir contra el internet y la televisión, que hay que “vender” mejor el producto para hacerlo atractivo e interesante.

¿No será, quizás, que hay que aprovechar las reglas del juego que rigen actualmente, en torno a la publicidad, y hacer atractiva a la reflexión crítica para invitar a la gente a participar de ella? ¿Pasará la solución por llevar las preguntas a la calle, a los ojos de los ciudadanos y en los sitios por los que transita diariamente?

Pensar una revolución en historia es uno de los pasos fundamentales para crear una conciencia crítica del momento presente y de la posición de cada uno en la sociedad actual, en relación con los hechos pasados. Y una de sus bases estructurales debe ser la superación de los demás estímulos del medio jugando con las reglas que nos rigen actualmente.

Pareciera ser que una revolución en historia pasa por ser más inteligente que el sistema imperante y usar sus reglas para quebrarlo. Y para eso no es necesaria una transformación estructural: basta sólo una pregunta que lo cuestione. 

26 septiembre, 2012

Bienvenidos al nuevo Maleta de Opiniones

Amigas y amigos:

Como podrán darse cuenta, Maleta de Opiniones hoy ha dado un nuevo salto en su historia. Tras su nacimiento en julio de 2011, la publicación de la "Carta abierta al Club de Golf Chicureo" en diciembre del mismo año, y las más de 24 mil visitas recibidas en este tiempo, hoy se transforma para ser una comunidad multiplataforma. 

Los invito a visitar el sitio y hacerlo suyo, revisar las columnas de siempre y aportar, siempre que quieran, ya sea con su crítica o contribución a la página. Podrán encontrar allí, de momento, tres proyectos: las columnas, Maleta TV -donde se encuentran los videos que se irán subiendo- y Maleta de Fotos, con nuevas miradas del momento presente. 

Maleta de Opiniones se reinventa con su presencia en Facebook, Youtube y Blogger, para que no perdamos el contacto. Como siempre, esta será su casa, a la que podrán entrar cuántas veces quieran.

Bienvenidos al nuevo Maleta de Opiniones, en el siguiente enlace:

19 septiembre, 2012

Los mitos de la construcción de Chile. Parte 2: la cueca.


 “No cambio la cueca ni por la Presidencia de la República”.
Diego Portales.

Prólogo.

Muchas veces, cuando necesitamos rememorar nuestro pasado personal, recurrimos a las canciones que identifican de mejor manera algunos momentos relevantes. Lo mismo pasa entre quienes construyeron, ya sea en los años 30 del siglo XIX o tras un traumático golpe de Estado, un país a su imagen y semejanza que permitiera la sujeción de sujetos dóciles que fueran funcionales a él.

Se puede asemejar la estrategia del Estado hacia sus residentes a la compra de un cliente en un supermercado. La estrategia de marketing que seguirá el centro comercial será el poner música de fondo, con el sólo fin de distraer a las personas para que no efectúen compras racionales (1), estimulando su impulso comprador (2). Como si fuera una estrategia viralizante, funciona de la misma forma con el denominado “baile nacional”: la cueca.   

El “expansionismo hacia adentro” y el “modelo exportable”.

Imagine que un día quienes manejaron el Estado de Chile hacia 1830 dijeron que todo lo que estaba entre el desierto de Atacama y el Cabo de Hornos era suyo, Cobija incluido, invocando diversos argumentos jurídicos como el Utis Posidetis de 1810; argumento considerablemente frágil si se considera que el dominio efectivo de la República en ese entonces era entre Coquimbo y Concepción, dada la división provincial que se estipuló en las Constituciones de 1828 (3) y 1833 (4). Hay que destacar que se incluso se atribuyen territorios que son ajenos, considerando que “el norte era de peruanos y bolivianos, la Frontera era de los mapuche, la región de los Canales pertenecía a algunos otros pueblos originarios” (5).

Quienes realizaron la invención de “Chile” echaron mano a diversos símbolos provenientes del territorio que efectivamente dominaban. En el afán de construir símbolos que generaran identidad echaron mano a la figura del “roto”: un sujeto dócil al Estado que fuera un subordinado “republicano” (6), por lo que se fijaron en sus costumbres.

Este roto, más identificable con los sectores populares -que según algunos teóricos es la síntesis del minero del norte grande con otros “raciales” de nuestro país- es vencido frente a la figura del huaso en el siglo XX: “una figura rural, mestiza, con poncho sobre los hombros, sombrero fino, calzando zapatos o botas con espuelas, listo para montar a caballo, impecablemente vestido, nunca remendado” (7). Curiosamente, este habitante de los campos del valle central –curiosamente cerca de la capital, Santiago- es escogido  como el modelo identitario ideal para iniciar el proceso de construcción de los símbolos nacionales. No por nada se impuso el huaso –y ladino, por sobre todo- cuando se anexionaron territorios como Arica o La Frontera, poniéndose especial atención a una característica en particular: la música que le fuera más cercana. La cueca, entonces, es utilizada como uno de los mecanismos más identificables y más inconscientes de la construcción de “Chile”.

La cueca: control musical.

Legalmente, ya sea por olvido jurídico o porque no fue preocupación mayor de los gobiernos, no se dictaminó a la cueca como “baile nacional”. La Junta Militar en 1979 dejó explícitos cómo pueden llegar a operar, desde el Estado, intentos de sujeción de las costumbres populares a una versión “oficial” y “legal”. Esto funciona por cuatro mecanismos:

-          Planteando que la cueca es la “genuina expresión del alma”
-          Que alberga la picardía propia del “ingenio popular chileno”
-          Que “se identifica con el pueblo chileno desde los albores de la Independencia” (8)
-          Que es una expresión de “auténtica unidad” (9)

La cueca tradicional, entonces, es la síntesis de todo lo anterior: un modelo a seguir, homogeneizante como expresión de la unidad nacional, expresión máxima de un sentir nacional y popular del “pueblo” como conjunto de habitantes de la república unitaria –sin particularidades de ningún tipo-, correlato de la creencia en una historia oficial llena de glorias y sin errores ni omisiones por parte del Estado, símbolo máximo de la identidad (10).

Es cosa de fijarse en algunos de los códigos que sigue la cueca centrina: pasos que se siguen al pie de la letra, letras que hablan de situaciones sin carga conflictiva, tiempos y ritmos controlados, vestimenta oficial –la del huaso del valle central-, letras casi siempre centradas en el hombre. Es decir, se intenta ejercer entre los habitantes de la republica un control musical como vía para generar identidad y sentido patriótico.

Cabe cuestionarse entonces, ¿No serán la cueca chora, la cueca brava y la cueca urbana no sólo medios de distensión social sino que de revisión y rebeldía inconsciente ante un baile que está desanclado de su entorno y que es reproducción de quienes han construido “Chile”?

Referencias.

(1)  Comunicaciones GSD. (2012). Música en los supermercados, ¿Una estrategia de marketing? Tomado de http://www.serdigital.cl/2012/05/04/12626/, recuperado el 19 de septiembre de 2012. No obstante, esto siempre se acompaña de “siempre va acompañado de luces, orden de los productos, colores corporativos, etc, y juntos logran un todo”. ¿Coincidencia?
(2)  Hita, E. (1997). Trucos para 'Picar' en el Supermercado. Tomado de http://www.elmundo.es/sudinero/noticias/act-95-06.html, recuperado el 19 de septiembre de 2012.
(3)  Art 2. En ella se establece que el territorio chileno comprende estos dos puntos, incluidas” las islas de Juan Fernández y demás adyacentes”. La división administrativa comprendió las provincias de Coquimbo, Aconcagua, Santiago, Colchagua, Maule, Concepción, Valdivia y Chiloé. Tomado de   http://www.leychile.cl/Navegar/?idNorma=1005225&idVersion=18280808&idParte, recuperado el 28 de agosto de 2008.
(4)  Art. 1. Se plantea que el territorio nacional se extiende desde “el desierto de Atacama hasta el Cabo de Hornos, y desde las cordilleras de los Andes hasta el mar Pacífico, comprendiendo el archipiélago de Chiloé, todas las islas adyacentes, y las de Juan Fernández”. Nuevamente se aprecia el verdadero dominio de la República: desde Coquimbo a Chiloé. Tomado de http://www.leychile.cl, recuperado el 28 de agosto de 2008.
(5)  Vrsalovic, D. (2012). La(s) República(s) de Chile. Tomado de http://www.elmorrocotudo.cl/noticia/sociedad/las-republicas-de-chile, recuperado el 19 de septiembre de 2012.
(6)  Pinto, J. (2010). Historia y memoria, olvidos y recuerdos de huincas y mapuches en la frontera chilena. Tomado de http://www.youtube.com/watch?v=3HGTzhw0fDc&feature=relmfu, recuperado el 19 de septiembre de 2012.
(7)  Gutiérrez, H. (2010). Exaltación del mestizo: la invención del roto chileno. Universum 25, Vol. 1. P. 137.
(8)  A lo que agrega, como un correlato “sus gestas más gloriosas”, en un intento de asociación independencia-historia oficial-gesta popular-cueca. Una revisión se ha realizado en la primera parte de este ciclo de columnas, en Vrsalovic, D. (2012). Los mitos de la construcción de Chile. Parte 1: la historia. Tomado de http://www.elboyaldia.cl/node/18614, recuperado el 19 de septiembre de 2012.
(9)  Junta de Gobierno. (1979). Decreto 23. Declara a la cueca danza nacional de Chile. Tomado de http://www.leychile.cl/Navegar?idNorma=224886&buscar=decreto+1979+cueca, recuperado el 19 de septiembre de 2012.
(10)                     Gutiérrez, H. (2010). Ibíd. P. 137, y Rojas, A. (2009). Las cuecas como representaciones estético-políticas de chilenidad en Santiago entre 1979 y 1989. Revista Musical Chilena, año LXIII, julio-diciembre 2009. P.56. Cabe destacar que nuevamente se utiliza como medio para generar identidad y sentido patriótico en tiempos en que se necesitaba reafirmar la nacionalidad frente a la “amenaza del comunismo”.

17 septiembre, 2012

Los mitos de la construcción de Chile. Parte 1: la historia.


Prólogo

Si el Padre de la Patria estuviera vivo hoy día junto a nosotros, ¿qué nos pediría, qué batallas libraría, qué causa congregaría sus esfuerzos y sus energías? En suma, si Bernardo O’Higgins viviera ¿qué esperaría de quienes somos hoy día sus sucesores en esta bendita patria llamada Chile?

                Sebastián Piñera (1)

Sebastián Piñera ha dado, como pocas veces en su carrera política desde que asumió la Presidencia, en el clavo con las interrogantes que puso sobre la mesa. No porque los emplazamientos que hace a la nación sean correctos sino porque estos temas forman parte de un mito construido durante generaciones con una finalidad concreta: domesticar los más fervorosos impulsos transformadores y someterlos al dominio de la Patria chilena.

El año 2011, con el afán de dar a conocer los principales hitos del proceso independentista -más como una sucesión de hechos que como una crítica-, se lanzó un ciclo de columnas titulado “La Aurora de Chile, relato de la Independencia”, que contó en cinco capítulos el devenir de acontecimientos que dieron como resultado la derrota de la Corona española en los actuales territorios chilenos (2).

Este año, no obstante, y en especial atención al momento histórico que corre en Chile, es preciso revisar algunos de los códigos que pueden explicar la celebración de las fiestas patrias y la construcción de un Chile mítico que hoy se asimila naturalmente por gran parte de la población.

Un origen traumático.

Todo parte mal en la construcción de nuestras repúblicas americanas. Tradicionalmente, cuando se transmite el mito del acto fundacional de Chile por medio de su “descubrimiento” se presupone la inexistencia de población en estas tierras. Es así como se intenta subordinar a nuestros pueblos originarios al relato del español heroico que, en busca de constantes aventuras, se embarca en la búsqueda de la civilización. Tal es el caso de un relato que no ha cambiado en demasía, lo que se demuestra en este pequeño extracto de un libro de instrucción general de Carabineros del año 1964, que reseña: “Valdivia era generoso, desprendido, valiente, justo y estaba ávido de conquista. Con su fortuna personal, que era considerable en el Perú, reunió (…) los elementos suficientes y emprendió viaje” (3).

¿Por qué la referencia? Porque es en el acto fundacional de Chile donde se concentra toda nuestra historia, lo que se verá reflejado en el relato de la Independencia y de la construcción del país. De un lado, un grupo de personas venidas “de lejos” que emprenden sus diatribas en contra de personas que por siglos habitaban sus territorios; del otro lado, quienes tienen modos de vida y costumbres propios y que no poseen las mismas concepciones de los que tienen una mirada utilitaria de los nuevos lugares. La lucha entre “unos” y “otros” será  permanente dentro de un pequeño círculo de historiadores que la revitalizará como medio para defender una gesta heroica que rompió con un pasado que “oprimía” a Chile.

La Independencia: relato de unos pocos.

Este mito que vislumbra al período colonial como nefasto y a la Independencia como la luz que empuja al carro del progreso es sólo una de las interpretaciones que se le han dado a este proceso. Existen otras, como la de Hernán Ramírez Necochea, que la explica desde la tesis que pone de manifiesto a un empresariado criollo que se opone a las medidas económicas de la Corona (4), o la de Mario Góngora, que plantea un reencuentro con la raíz hispánica de Chile (5).

No obstante, la  que caló más hondo fue la versión liberal, dada entre un pequeño círculo de intelectuales de esta tendencia en la capital del país. No es difícil reconstruir esta versión de los hechos: marcado descontento en las colonias, espíritu de crítica dado por la Ilustración, prisión de Fernando VIII, mala administración del gobernador García Carrasco, sólo por nombrar algunos elementos (6).

¿Cuál es la diferencia entonces? ¿Por qué caló más hondo esta versión y no las otras? Por una razón más sencilla de lo que parece.

En el proceso de construcción del Estado se echa mano al elemento histórico porque es el que genera mayores grados de identidad y al que se puede recurrir muchas veces en tanto se utilice bien. Ahí se encuentran los héroes que dieron la vida por una causa, allá están los mártires que perecieron en la búsqueda de un elemento común, por el otro lado están quienes pensaron una gran casa para albergarnos a todos. En el pasado están las personas que son modelos a seguir y hechos que permiten confrontar a un grupo “oprimido” contra otro “de gran poder” al que hay que vencer (7).

Esta interpretación, liderada por los historiadores liberales –que veían en la historia un camino ascendente que llevaría al hombre a la libertad- calzaba perfecto con las ambiciones de los grupos de poder de construir un Estado que permitiera dejar contentos a comerciantes, mineros y empresarios por igual y generar identidad en los sectores populares, que más que andar peleando por causas ajenas luchaban por sobrevivir en un medio hostil (8).

Sólo un dato para sustentar este argumento: en Chile se cantaba más la canción nacional argentina que la chilena. ¿Por qué?: por la sencilla razón de que la presencia del elemento trasandino fue tan fuerte en los primeros años tras la Independencia que muchos terminaron identificándose más con esa canción que con el complicado himno chileno, además de su fácil memorización (9). Esto da cuenta de un Estado que no tenía altos grados de identidad en los estratos bajos, lo que se suma a su poca participación en la gesta independentista.

La corriente histórica denominada positivismo elaboró dos grandes aportes a la Historia que, a su vez, fueron tremendamente dañinos: la obsesión por documentarlo todo (que hable a través de las fuentes) y la concepción de que la historia es una concepción lineal de hechos y acontecimientos que había que fijar con precisión a través de la cronología (9). El tiempo histórico se dirige, a su vez, desde un principio hasta un fin, a semejanza de un encuentro final con Dios (10).

Los hermanos Amunátegui, Vicuña Mackenna, Barros Arana y Encina, quizás, son los grandes culpables de que muchos vean aún a un Chile que se reencontrará en un día no lejano con el Señor. Sólo es cosa de cambiar el reencuentro por la Independencia y Dios por la libertad. Si quitamos ambos elementos no tenemos más que un mito al que se ha echado mano durante casi dos siglos para distraer a la gente de las cosas realmente importantes.

Referencias.
(1)  Saludo de S.E. el Presidente de la República, Sebastián Piñera, en conmemoración del 234º aniversario del natalicio del Libertador General Bernardo O’Higgins. Tomado de http://www.prensapresidencia.cl/discurso.aspx?codigo=7899, recuperado el 17 de septiembre de 2011.
(2)  Para más detalle, revisar las columnas en El Boyaldía y Maleta de Opiniones, en los siguientes enlaces: parte 1, “los primeros inicios” (1808-1810); parte 2 (1810-1814), “el primer sueño”; parte 3, “el firme deseo de volver” (1814-1817); parte 4, (1817-1823) “la primera piedra de Chile”; y parte 5, “la batalla final: Chiloé” (1823-1826).  
(3)  Vieyra, L. (1964). Instrucción general. S.I. P. 274.
(4)  Ramírez, H. (2007) Obras escogidas. Vol. I. Santiago: LOM.
(5)  Góngora, M. (1981). Ensayo sobre la noción de Estado en Chile. Siglos XIX y XX. Santiago: UNIVERSITARIA. Cabe dejar de manifiesto su abierta simpatía con el franquismo español.
(6)  Vieyra, L. (1964).
(7)  Cid, G., San Francisco, A. (Editores). (2010). Nación y nacionalismo en Chile. Siglo XIX. Vol. 1. Santiago: CENTRO DE ESTUDIOS BICENTENARIO.
(8)  Cid, G., San Francisco, A. (Editores). (2010). Nación y nacionalismo en Chile. Siglo XIX. Vol. 2. Santiago: CENTRO DE ESTUDIOS BICENTENARIO.
(9)  Comes, P., Trepat, C. (1998). El tiempo y el espacio en la didáctica de las ciencias sociales. Barcelona: GRAO. Pp. 35-36.
(10)                     Comes, P., Trepat, C. (1998). Ibíd. P. 24.