Desde un
punto de vista técnico, no tengo idea qué es el amor. No sé qué es exactamente
y no podría definirlo porque depende de la experiencia de cada persona. No sé
cuánto tiempo se queda en nuestros corazones, mentes y cuerpos. Sólo puedo
señalar al respecto que es una sensación revolucionaria, puesto que transforma
nuestras estructuras de manera extraña, loca y particular, motivando a que cada
sujeto emprenda acciones para sentir que posee aquella palabra.
Quisiera
centrarme, en esta ocasión, en aquel tipo de amor que llega como un torbellino
a sacudir nuestras estructuras y a inmiscuirse en nuestras conciencias y sueños;
a remover cada centímetro de absoluta soledad y a entremezclar la realidad más
perecedera con los sueños más estratosféricos. Ese tipo de amor que, como señalé
previamente, nos lleva a cometer acciones que jamás hubiésemos pensado que
cometeríamos tiempo atrás.
Sin embargo,
estas acciones (cualquiera que se haya venido a la mente mientras cada letra de
esta columna entra por sus ojos) son mediadas por la despiadada acción del
capital. En nuestro Chile, país neoliberalista en constante reinvención, no
acostumbramos a juntarnos si no es para salir a beber trago o para comer algo;
peor es si es que invitamos a alguien a conversar: Debemos pagar, como “nos
enseñaron nuestras madres” lo nuestro y lo de la otra persona” o, en su
defecto, “no llegar con las manos vacías” –por cierto, a no ser que quien nos
acompaña manifieste lo contrario-.
Todas y
todos sabemos que más de algún gasto hemos tenido que hacer. Muchas veces no
molesta y hasta nos gusta; sin embargo, cuando los recursos escasean los
sentimientos se ponen a prueba.
Aunque se
niegue, aunque se procure hacer de cuenta que no importa, aunque se diga que
no, las diferencias sí molestan a la larga. Es cierto, generalizar es siempre
equivocarse, pero en algún punto aquellas diferencias chocan. Cuando existe un
desequilibrio en los flujos de acumulación de recursos entre quienes componen
la pareja, más aún si es en el marco del coqueteo, esto puede derivar en que
los sentimientos se supediten al capital. Y peor aún: Que ello se haga notar
haciendo que quien se ve más desfavorecido quede como “culpable” de una situación
de la que no tiene responsabilidad alguna.
Si, el amor
sí es una cuestión de capital. Suena tajante, pero a la larga es cierto. Sin
embargo, no puedo ser tan drástico.
A ratos
siento que dos de las peores cosas que nos
pudieron haber pasado como país fueron la democratización del crédito y el
aumento en los ingresos. Si bien nos pavimenta el camino al “desarrollo” (meta
que alcanzamos recientemente con un Ingreso Per Cápita de US$21.580), también
nos pone una fijación obsesa por tener cada vez más objetos que no nos sirven para
nada más que marcar distancia con quien menos posee, creyendo que somos “felices”.
Lo anterior
tiene bastante que ver con el tema central pues, desde un punto de vista muy
personal, comparto aquello de que no existe acto más revolucionario que salir a
comer sopaipillas de carrito, con muchas anécdotas y poco presupuesto; comulgo
con invitar a caminar por el centro de la ciudad simplemente observando el
paisaje o capturando algunos fotogramas de la existencia; celebro eso de juntarnos
en la casa de la otra persona cuando se pueda; abrigo lo relacionado con una
salida sin rumbo llevando un par de panes con mortadela y un jugo en polvo
preparado en alguna botella retornable. Para algunas personas es algo
exagerado, pero a pesar de la poca producción es, a la larga, lo más recordado.
Si ese
sentimiento al que llamamos amor es real, supeditará los orgullos y las
diferencias de clase, las necesidades y temores, la falta de recursos y los
complejos, a la maravillosa experiencia
del amar. Quien nos acompañe en el camino de la vida debe ser, a mi juicio, una
persona que sea capaz de cumplir en parte con lo planteado previamente. Y, por
cierto, disfrutar de la misma forma el mejor de los carretes, la más selecta de
las comidas y compartir a medias una sopaipilla de carrito.
Al final del
día, es un acto tan revolucionario como el amor mismo.
Imagen: huescamedioambiental.blogspot.com
2 comentarios:
Estimado:
Su columna me hace pensar dos cosas:
1) debe de haber tenido algún amor "adinerado" (o lo tiene aún) que lastimo su orgullo natural o bien ese amor, tenia algo más de dinero que usted (pudiendo no ser tan adinerada como se quisiese, pero si con un grado "agradable" de solvencia) no obstante, su poca solvencia era tal, (si, la suya) que más temprano que tarde, le termino lastimando algo más que la billetera y esas ganas terribles de ir a un "tenedor libre" a gastar como reyes, lo que en definitiva terminaría echando por la borda su idea que el amor es una cuestión de Capital, puesto que esto se reduciría más bien a un caso particular de carencia económica y no a algo generalizable. (La concepción que usted tenga del amor, también es determinante para dilucidar esta cuestión, pero como no la declara tan abiertamente como se quisiese, la vamos a obviar) RECALCO QUE SE LO DIGO CON MUCHO RESPETO.
2) Usted es poco astuto. Conozco medio centenar de tipos, que teniendo poco dinero, no se dejan caer y ni terminan pensando que el amor es una cosa con un componente económico irremediable. No es que lo invite a soñar, claro que no, siempre con los pies en la tierra, pero es innegable que la gracia ultima de un hombre no radica en su billetera, sino más bien en sus habilidades personales, sociales, etc. Es reconocible, sin mucho esfuerzo que entre sus líneas usted deja ver un arraigado sentir seudomachista, con ese ideal caballeresco (no lo confundamos con el ideal medieval por favor, sino que más bien con ese "popular" de las sociedades modernas) que tarde o temprano manda a que el hombre, en su calidad de "hombre" debe correr con los gastos de la doncella, para así no dejar que se ponga entredicho esta cualidad, que esta unida irrevocablemente a la de buen pololo, buen amante o buen marido.
No sea menso, deje de pensar que el amor es una cuestión con marcado carácter económico. Si alguna novia lo ha mirado con ese lente, pues lo invito a plantearse su relación, porque se supone que uno se empareja con el individuo y no con su billetera, ni su solvencia económica. Y por último, no cometa ese cliché de dejar a las mujeres como unas interesadas, porque es en definitiva, lo que me deja su columna, aunque claro, quizás es inconsciente y la clara consecuencia de lo que quizás le ha tocado vivir .
Saludos
Hola amigos
Libros Usados, despachos a todo Chile
lapicadellibro.mercadoshops.cl
Saludos
La Picá Del Libro
Publicar un comentario