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13 febrero, 2012

La Araucanía a Santiago: nos rendimos.

Firma su rendición incondicional:

La Araucanía a Santiago: nos rendimos.

En su carta, la Región ubicada en el sur de Chile explica las razones que la hacen desistir de su intención de surgir a pesar de la fuerte competencia nacional y extranjera.

Estimados miembros del gobierno nacional chileno:

Escribo desde uno de los territorios más confusos de lo que ustedes conocen como Chile. Ese territorio al que tanto aman y al que tanto han intentado gobernar. Tienen tantos problemas que, como nos incorporaron a la fuerza hace casi siglo y medio, ya no se ocupan de nuestros problemas.

En nuestra sangre no sólo está la herencia mapuche, colona y chilena, sino que la vena abierta eterna de los problemas sin solución. ¿Se acuerdan de cuando sus problemas no tenían otra solución que la ocupación de estos campos fértiles aprovechando la fuerza y gallardía que les daba la guerra del norte? Bueno, llegaron, mataron a quienes quisieron porque eran bárbaros en nombre del progreso y de su religión liberal, arrasaron con las rucas ancestrales y descuartizaron a sus miembros. Aquí están los resultados.

Trajeron desde muy lejos, en las peores condiciones, en viajes que no resultaron lo esperado, con contratos que nunca se cumplieron, a los más esforzados colonos que no la pasaban mejor en sus tierras de origen. Los hicieron radicarse en lugares que no eran los de las explicaciones oficiales obligándolos a trabajar a sol y a sombra para despejar los campos recién invadidos. Muchas veces, aun sin poder más, cultivaron los sueños de una vida mejor. Estas son las consecuencias.

Así germinó una comunidad que nunca fue tal. Las odiosidades de uno y otro bando se cultivaron por generaciones y hoy son sus descendientes, los que no tienen la culpa de lo que hicieron sus antepasados, los que pagan las consecuencias: los conflictos permanentes, los caminos cortados, los camiones quemados, las reclamaciones, la CAM contra el (¿Real?) Comando Hernán Trizano. Este es el final que se consiguió.

Hoy somos la región más pobre de Chile, la que pasó de ser el “granero” (¿Es realmente grato vivir en uno?) a la, en un minuto, “Etiopia” (¡Imaginense la comparación!) . ¿Sabían que no vivimos en rucas, sino que tenemos, como en todo el país, centros comerciales, farmacias, colegios, como en todos lados?

Pues bien, a pesar de todo eso y de que se vanaglorian de que estamos absolutamente incorporados, su atención se demuestra en los indicadores objetivos: cero inversión directa durante años, últimos lugares en los índices de competitividad regional y otras mediciones, población mapuche en la completa pobreza porque se les impone el desarrollo desde una perspectiva ajena a su modo tradicional de vida y sin consulta, zonas relativamente cercanas a la capital regional estancadas en el tiempo.

Podría mencionarles mil problemas de toda índole pero todo se resume en una frase: nos rendimos.

Ocuparon esta tierra con la fuerza de las balas y secaron la sangre mapuche hasta que quedó la nada misma. Hoy secan el agua en función de la dependencia forestal que seca las napas de las que viven hombres y mujeres que no tienen las posibilidades de vida, progreso y desarrollo de ustedes. Ese verde oscuro que se ve desde Angol hasta Loncoche en diez o veinte años serán cerros amarillos y sin vida secos por sus errores.

Hoy su gente, que trata de salir adelante como puede, lejos de las luces del centro de Temuco, ya no pudo más. No hay Plan Araucanía que la salve: se rinde para que dejen pasar lo que quieran. Caímos en la decadencia por su culpa y, como los habitantes originarios no murieron, ocuparon las dos estrategias más poderosas que existen: secar la tierra y hacer que se cansen. Lo consiguieron, pueden aplaudir.

Gran parte de la gente que leerá esta pequeña nota se espantará y no creerá de lo que les hablo. No los culpo: durante años se les ha vendido el mito de la “incorporación perfecta”. No los obligaré a que busquen más y lean otras fuentes que no sean los libros de siempre. Ya no intentaremos convencerlos más: estamos derrotados y no sabemos qué hacer. Los gobiernos se demoran meses y meses en resolver el problema del agua en verano y el de la nieve en invierno.

Nos rendimos. Hicieron bien su trabajo. Pasen a ocupar los últimos restos de las cenizas de esa región gloriosa que alguna vez quiso pujar y que, gracias a su desidia y maltrato reiterado, fue derrotada. Hoy La Araucanía se rinde a sus pies. Repártanse el botín y déjennos morir en paz porque para eso están llamados: para hacer que Santiago siempre gane y el resto se someta.

No se preocupen: seguiremos cantando el “cantarito de greda de Peñaflor” o la “cicha de Curacaví” vestidos de huasos del valle central para la celebración de su Primera Junta de Gobierno el 18 de septiembre y nuestros niños cantarán una canción en mapudungún sobre el héroe que fue Arturo Prat. Ya no hincharemos más.

Espero que sea de su agrado recibir tal noticia. No se molesten en enviar respuesta: ya habremos muerto para esa triste fecha.

IX Región de La Araucanía, ex-zona de La Frontera, Wallmapu.

¿Qué es, actualmente, la libertad?

En esta ocasión quisiera hablar brevemente sobre una pregunta que en estos tiempos puede ser tan simple como compleja y ejemplificarla a partir de hechos muy simples: ¿Qué es la libertad actualmente? Algunas luces nos dará la demostración posterior.

El sistema económico llega magistralmente hasta los últimos rincones de nuestra vida, pertenecemos al Estado desde que nacemos hasta que fallecemos, las cámaras de seguridad vigilan nuestros pasos, la democracia es cooptada por las cúpulas de los partidos políticos, nuestro rut contiene prácticamente nuestra vida, nuestras compras son registradas por avanzados sistemas que vigilan lo que comemos y hacemos. En fin, bajo este panorama, ¿Somos realmente libres? ¿Qué podemos esperar de una sociedad que, al menos en apariencia, nos vende “libertad”? Dos ejemplos pueden ilustrar el punto de vista que quiero entregar.

Imagínese entrando a un supermercado y le ofrecen cientos de productos que puede elegir. Puede comparar precios, incluso lugares, recorrer toda la ciudad hasta encontrar lo que le conviene. En el carro del centro comercial lleva todo lo que necesita para el mes y algún gustillo para endulzar la vida o no compartir en la noche viendo televisión acostado después de un pesadísimo día de trabajo. Pues bien, puede cancelar con diversos medios de pago y escoger en cuánto quiere pagar si es que corresponde.

Así es la libertad: a uno le ofrecen cientos de alternativas limitadas por sectores que manejan y controlan todo el proceso a su antojo. Vigilan para que nadie robe nada y se sientan libres, incluso acompañados por música para distraerlos, y así puedan sentirse tranquilos y sin esa molesta sensación de estar siendo observados.

Salfate dirá que son los “poderes fácticos”, otro señalará que son “puras tonteras”. Prefiero mencionar que son los sectores controladores de ciertos procesos en los que nos vemos directamente involucrados y que se aprovechan de la falta de unión e ignorancia frente a muchas cosas para favorecer su propio poder. Dejan la ilusión de algo y hacen todo lo posible para que así siga siendo. Eso es lo que conocemos como “el sistema”.

Claro que no todo está perdido. Si fuera tan perfecto no existirían espacios de resistencia en todas partes del mundo, la gente no saldría a protestar y esta columna no existiría. El ordenamiento no se rompe con una revolución de largo plazo: se materializa con pequeños estallidos minúsculos a lo general que, si se suman, son poderosos.

Esa “libertad” se rompe comprando en otra parte, cambiando la televisión, comprando otro diario, averiguando más sobre las noticias y criticando más aunque le digan que se calle. Cuando se hace eso le dobla la mano al “destino”: es verdaderamente “libre”. Ahí escoge usted y nadie le dice lo que tiene que comprar entre las opciones que le imponen.

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Al que se haya sentido identificado con esto y le hayan tratado así alguna vez envíeles esta columna. De más de algo servirá.

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Sólo así el historiador deja de ser un aprovechador y devuelve a la gente lo que le pertenece. Porque eso es hacer historiografía: extraer los hechos “del pueblo” y devolverlos donde los sacó. Lea a un Alfredo Jocelyn-Holt o a un Felipe Portales, ellos les darán algunas luces sobre lo que digo. No, perdón, como ellos son ensayistas no cuentan, porque son los parientes pobres de la historiografía.

¿Qué es el resentimiento?

Entre medio de tanta columna de este autor que anda dando vuelta quisiera hacer una pausa para hablar de una palabra clave que no deja de encontrarse en muchos comentarios en todas las plataformas: el resentimiento. Ese prejuicio que es como la mutación del “comunista”, del “arrastrado”, del “roto” que se queja siempre contra lo que dicen los patrones.

Muchos somos hermanos en ese concepto que es definido como “tener sentimiento, pesar o enojo por algo”; de ser así, todos estamos unidos en él. Aunque si otorgamos un significado más amplio a la palabra, se puede interpretar, desde este punto de vista, como la percepción de los demás sobre alguna opinión que deja entrever molestia desmedida por alguna situación que se considera “injusta” por parte del autor de la misma.

Se tiende a confundir el resentimiento con la crítica y el estilo de escritura, en este caso particular. La crítica, es decir, el parecer sobre algo, dice relación con analizar (especialmente lo negativo) sobre alguna situación para dejarla de manifiesto y someterla al juicio colectivo en un texto coherente. El estilo narrativo es lo que la condimenta y la da la sazón necesaria para que tome notoriedad y se convierta en algo interesante de leer.

No por nada la conocida carta pública al Club de Golf Brisas de Chicureo parte señalando que puede ser catalogada de “resentida” por lo que contiene y está adornada por un relato cargado de emociones completamente reales.

Es decir, aclaro para todos los que llaman resentido al que escribe estas columnas: están confundiendo severamente el odio absoluto contra el orden vigente desde la rabia desmedida con el parecer crítico, que hace balances y muestra el legítimo descontento contra alguien o algo adornado con un estilo narrativo que lo potencia.

Existen diversas maneras de canalizar el descontento: están las barricadas, los cortes de caminos, las marchas; cada cual escoge un camino, lo que es absolutamente respetable. En este caso, se opta por canalizar la inconformidad contra algo o alguien a través de las letras porque permite someterse al juicio público, generar opinión e, incluso, estimular al debate nacional con sólidos argumentos.

Así es que, para el que no soporta a este “resentido” y a otros de la misma categoría les digo frontalmente: si lo toma como que me molesta algo, sí, soy un “resentido”. No obstante, el término correcto es “crítico social”, pues no me gusta cómo funcionan las cosas actualmente, dejo entrever las falencias y carencias existentes y lo canalizo en una columna que se acompaña de algunos recursos retóricos.

Si lo toma como algo peyorativo, que critico por criticar, por “comunista”, “cafiche” y “que espero todo gratis”, o que “lucro con esto”, le advierto de entrada que se equivoca. Relea esta columna, defíname qué entiende por resentimiento y desde allí critique. Aclaro también: no escribo por odio: lo hago para dejar sobre la mesa los problemas y encontrar, a partir de ahí, las soluciones. Creo que es momento ya de aprovechar la crisis y descubrir los verdaderos acuerdos que nos permitan llegar al futuro de la mano de la conversación amplia. Tratarnos de “resentidos” está un poco fuera de lugar.

Al que se haya sentido identificado con esto y le hayan tratado así alguna vez envíeles esta columna. De más de algo servirá.

Aprovechadores históricos

Advierto a los lectores: algunas palabras de las aquí lanzadas pueden provocar polémica. Si no se atreve a leerlas, cambie de canal.

Desde junio del año recién pasado, en distintas plataformas virtuales, he expuesto diversos argumentos que explican mis diversos puntos de vista sobre situaciones que me parecen dignas de crítica. Sin embargo hay un aspecto que se me ha escapado y que en esta ocasión quisiera compartir: una crítica a la gran mayoría de historiadores nacionales a través de dos casos representativos.

El eterno relato del “asilo contra la opresión”, la base de los libros de texto del sistema educacional chileno, ha sido contado por diversas personalidades en los siglos XIX y XX. Ya lo hicieron, con mucho éxito en la élite santiaguina (por ende, nacional), Benjamín Vicuña Mackenna, Diego Barros Arana y Francisco Antonio Encina. Todos ellos confluyen, actualmente, en uno de los más reconocidos en el área: Sergio Villalobos. Este gran historiador nacional, no obstante, ha escrito obras de alto valor reconocidas por todos los círculos.

Sin embargo, ya retirado, vive de sus glorias pasadas. Sus últimas dos obras narran hechos generales de nuestra historia y critican a diestra y siniestra a todos por igual para poder él reafirmar sus propios logros haciéndose “el bacán”. Su tesis se basa en que “todos escriben por moda, yo lo hice antes porque era un adelantado”. Su gran meta es morir como Barros Arana: escribiendo hasta con fiebre (y me atrevo a especular que con la señora recostada también en la misma cama).

De seguro, ya a estas alturas ha escuchado hablar de Gabriel Salazar, el antípoda del profesor Villalobos. Torturado, hombre de esfuerzo y notable valor, ha revisado nuestra historia de manera tan magistral que siempre nos deja cuestionándolo todo. El Premio Nacional de Historia lo tiene más que merecido y, por cierto, sus argumentos han sido la inspiración para muchos.

Sin embargo, tiene un problema medular. Haga la prueba: tome un libro en el que hable de economía y pruebe cuánto se demora en leerlo sin tener los conocimientos previos. Aunque tanto en política como en esta área es un maestro cuesta a veces entenderlo por la plaga de tecnicismos que se encuentran entre sus páginas.

Ambos historiadores representan una realidad común: el que son aprovechadores históricos. Estas dos reconocidas figuras pertenecientes a los círculos historiográficos ocupan palabras que son, a veces, complejas de entender y escriben en un lenguaje que es engorroso y lejano a los sectores desde donde se extrae la información. Es decir, toman los hechos que ocurren en diversas épocas “del pueblo”, los ordenan y referencian con muchos libros y los dejan en obras que llevan su nombre. Al final, alimentan su propio ego pues los libros son caros y la gente no tiene acceso a leer su propia historia en esos tomos.

Se aprovechan de las cosas que nos pasan o nos pasaron a nosotros o a nuestros antepasados, las llenan con formatos que entienden sólo en los círculos académicos o de estudiantes y no los devuelven a la comunidades de donde los quitaron. Se “lavan las manos” dejando esa labor a los profesores y, si tienen edad avanzada, se tranquilizan diciendo “les corresponde a ustedes porque nuestro tiempo ya pasó”.

Hay que aspirar, entonces, a hacer una historia pedagógica, que al principio del libro tenga algunas orientaciones para su lectura y las palabras clave para entenderlo o cómo el autor abordará ciertos temas. Debe procurar que la gente se entere de lo que está escribiendo y sobre quiénes para que estén atentos y hacerles llegar, por diversos canales, la información para que efectivamente apliquen esa historia para comprender su presente fuera de la escuela. Hay que hacerles llegar la historia, que nos pertenece a todos, en un lenguaje sencillo que puedan entender tanto el académico con postgrado como el camionero o el albañil.

Sólo así el historiador deja de ser un aprovechador y devuelve a la gente lo que le pertenece. Porque eso es hacer historiografía: extraer los hechos “del pueblo” y devolverlos donde los sacó. Lea a un Alfredo Jocelyn-Holt o a un Felipe Portales, ellos les darán algunas luces sobre lo que digo. No, perdón, como ellos son ensayistas no cuentan, porque son los parientes pobres de la historiografía.

Chile: otro caso de desarrollo frustrado.

Es inevitable preguntarse después de leer que el Gobierno chileno, representante de la soberanía popular, permitirá la absoluta explotación privada del oro del futuro: ¿Qué dirán Frei Montalva y Allende si los vieran hoy? ¿Qué pensarían aquellos que aplaudieron la decisión de chilenizar y nacionalizar la viga maestra de la economía, sobre la situación actual? Enmudecerían de asombro.

Una cosa es que, en algunas áreas, la empresa privada lo haga mejor que el sector público; pero otra cosa muy distinta es que le traspasemos todo para que lo explote y regule para ganancia propia, aun sabiendo los errores históricos que hemos cometido y las consecuencias que ello trae. La historia no es una bola de cristal que predice el futuro, pero contiene algunas claves para entender el futuro. Jugaré hoy a ser mago.

No, señor Presidente, el salitre no se acabó. El mundo privado lo explotó hasta que no se pudo más porque no era la ideología imperante que pasara a manos públicas y el Estado tampoco quiso hacerse cargo. Era parte de una maquinaria económica extremadamente dependiente, que pudo haber hecho a Chile desarrollado económicamente si no hubiera tenido una clase tan parasitaria como inconsciente, que se desarrolló sobre bases tremendamente frágiles.

Los años ’60, donde se desarma esa especie de “puzle perfecto” del Jocelyn-Holt, traen el traspaso hacia lo público del cobre. Una materia prima que nos ha dejado tremendos dividendos y que ha permitido sustentar, en gran medida, el desarrollo económico nacional en la actualidad. Sin embargo, parece que nuevamente la participación privada nos gana en tecnologías y procesos, lo que nos deja nuevamente retrasados.

Hoy, cuando tenemos una nueva oportunidad de asegurar el futuro (sin descuidar, claramente, la diversificación económica y el impulso industrializador que nos permitirían ser efectivamente desarrollados), desaprovechamos una carta segura. Nuevamente, cuando podemos estar a las puertas del eterno sueño económico, nos matamos viendo cómo los privados por opción propia “nuestra”, o de quienes representan la soberanía popular” desaprovechan una nueva oportunidad.

En el futuro este llamado de atención será efectivo, lo aseguro. Y cuando queramos revertir el proceso preguntándonos cómo deshacer el camino andado será muy tarde. La pilas ya no llevarán litio con bandera chilena y nosotros nos habremos farreado aberrantemente, por opción de nuestros gobernantes sin tino histórico ni social, una nueva oportunidad de desarrollo más justo y más equitativo para todos.

Por eso, cuando un día digan en la televisión “Chile es tuyo”, mejor pregúntense: “Chile, ¿Es tuyo?”.

¿Es Chile una República unitaria?

¿Han escuchado ese cuento que relata que Chile es una República Unitaria? Pero, a ver, realmente, ¿Se lo han creído? ¿Nunca le encontraron nada raro? Creo que es necesario detener el largo acontecer de la historia nacional para encontrarle algunos reveses a la legalidad constitucional vigente.

Esta vez, para no ser tan típicos, lo vamos a hacer a través de algunas preguntas que “desmenuzan el pescado”: ¿Qué es Chile? ¿Qué es República? ¿A qué se refiere con “unitaria”? ¿Quiénes componen esa República Unitaria? ¿Es Chile una República Unitaria?

Chile es un territorio ubicado al sur del mundo (como diría el chiste, “son como veintitrés horas de vuelo en bajá y con viento ‘e cola, con suerte quedamos en el planeta”), limitamos con Perú, Bolivia, Argentina y un tremendo océano. Es decir, si no fuera por esa extraña capacidad de encontrar la solución a todo estaríamos completamente aislados. Vivimos, aproximadamente, diecisiete millones de personas, y compartimos cientos de elementos comunes que no es el caso nombrar aquí.

Una República es un sistema de gobierno fundamentado en el “imperio de la ley” cuya máxima autoridad es elegida. Es decir, es una forma de organización política en la que existe todo un complejo sistema de regulación dado por las leyes, independiente si estas son justas o no.

Cuando hablamos de algo “unitario” hacemos referencia a lo “uno”, a lo “único”, a lo indisoluble, a lo heterogéneo. En el caso de lo social, a la construcción de u colectivo social que se fundamenta en un territorio (que puede aparentar ser) continuo y en el que se encuentra una comunidad heterogénea a la que se le borran las diferencias para fundamentar la conformación de una identidad que sustente el discurso de un Estado unitario. Fue la estrategia que ocuparon los grupos dirigentes que quisieron romper con el pasado colonial argumentando la oposición de la “libertad” a la “opresión”. No importan las diferencias, no importa que existan muchos pueblos viviendo en el mismo territorio: todo se funde en el “uno”, en el “ser”, en el “ethos”, en la “nación”: en el “pueblo chileno”.

Por eso, no es menos cierto que los que componen esa república, ese colectivo, somos todos. El camionero, el inmigrante, la recepcionista, el escritor, el albañil, el residente en una comunidad indígena. Todos somos parte de esa identidad. La verdad es que nunca encajó realmente el discurso de que nos sintiéramos parte de esta tierra y a la vez chilenos. Si fuera tan perfecto, la identidad magallánica o la identidad mapuche serían un absurdo.

Con fundamento certero, entonces, podemos decir que Chile no es una República Unitaria. En realidad es un espejismo de fuerzas superiores e invisibles para hacernos creer que estamos en un solo territorio, que es lo mismo construir una mediagua en Tocopilla y en Dichato. Sí, muchas cosas nos unen, es cierto. Pero no es menos válido que el ser ”chileno” se fundamenta en un nacionalismo añejo, lo que o quita que no podamos celebrar en un partido de fútbol, por ejemplo. Lo importante está en reflexionar sobre estas cosas y comentarlas.

La verdadera nación es la que construimos nosotros día a día, no la basada en relatos del post-colonialismo territorial de 1810. Esa es la verdadera república, la verdadera comunidad de hermanos unidos en lo común y lo diverso.

La automatización del ser humano.

Hace algún tiempo, una de las tantas columnas que escribo tuvo una repercusión mediática que hasta hoy ha dado vueltas en la opinión pública: la respuesta a un artículo del reglamento de un exclusivo Club de Golf de la Región de Chicureo, en la República de Santiago Oriente, una de las tantas residencias de los que manejan Chile. Fue una carta que dejó al descubierto la discriminación, las diferencias sociales, el Chile segmentado por un muro de clases infranqueable y ese país que no sale en las teleseries de los canales de televisión.

Chile, como podemos ver en una conocida promoción de una nueva teleserie nocturna, se toma en una copa de vino. Una copa que no sólo despierta poder y ambición, sino que diferencias aberrantes. Están los que se toman el de reserva del año, con aroma a frutas y añejados en viñas con nombres tan rimbombantes como “León de Tarapacá” o “Exportación”.

Y también están los que todavía toman “Tres tiritones”, “Real Audiencia” o “Sonrisa de león”. Esos que trabajan de sol a sol para ganarse el pan y que, a duras penas, se ríen cuando les cuentan el chiste de que “continúan los robos en las micros, otra vez subieron los pasajes”.

Esta vez quisiera referirme a un tipo de “obrero” muy particular, uno que escapa a los análisis tradicionales del siglo XIX porque, simplemente, no existía, pero que también se puede calificar en la tipología de “explotados”: los empleados de oficina. Esos que se relacionan todos los días con un sistema integrado que les orienta el trabajo y los deja a medio camino entre el ser humano y el robot. Esa transición maldita se puede denominar “automatización del ser humano”.

Estamos como en ese momento cruel en que el hombre fue desplazado por la máquina a medida en que avanzó la Revolución Industrial y muchos quedaron sin saber qué hacer. Esta segunda ola, sin darnos cuenta, nos está volviendo a reemplazar: los empleados de oficina que ocupan estos programas (y que son presos de la rutina porque así hay que hacerlo) viven en función de lo que les dice el computador. Es decir, si el sistema les dice que se vayan a cierta opción se tienen que ir allá porque no hay otro camino más que hacerlo muy rápido. Si les dice que se muevan es sólo para que se paren a buscar una hoja que acaban de mandar a la impresora.

Aunque se me pueda criticar o se me pueda tildar de exagerado, es el computador el que pone algunas cadenas al hombre para que no se mueva de su asiento. Cuando se da cuenta está tan contracturado que ni siquiera puede moverse bien: debe hacer ejercicio (en el mismo puesto de trabajo) para liberarse de ellas.

Cómo me dijo, ¿Qué propongo yo para solucionar este problema? La verdad, no sé. Creo que (aunque parezca una aceptación tácita del sistema), las relaciones “explotador-explotado” (como se podría llamar en términos tradicionales desde la izquierda) se pueden mejorar a través de un mejor ambiente de trabajo, de buscar maneras alternativas de llevar a cabo los procesos que corresponden y estar conscientes de lo que nos pasa, siendo capaces de reflexionar sobre este tipo de cosas.

Porque la “cadena” más importante no está en el cuerpo, está en el pensamiento. Reflexionar sobre estas cosas, más allá de lo bien o mal que puede estar, nos hará eternamente libres.

20 enero, 2012

El llanto y la flor.

Estaba enfermo de amor por ella y los recuerdos lo invadían sin sentido alguno. La muerte del alma que más amaba lo había dejado trastornado hasta querer viajar a la nada, a la muerte a veces. Ella llegaba de repente como queriéndolo buscar, contarle un secreto e irse. Otras, quería venir a verlo para amanecer como antes en sus brazos y soñar con que él era marinero y la dejaba subirse al barco. Viajaban por los siete mares amándose como dos locos sin futuro, sin presente y sin ayer. Los brazos se pegaban a su cuerpo, el corazón le latía rápido, cuando la tenía al lado no sabía qué hacer.

Era tan feliz que ansiaba volver a verla junto a él en su dormitorio. Ansiaba volver a tenerla entre sus brazos sintiendo el calor de su pecho abrazador, conectando hasta la fibra más sensible de su carne con ese amor que los llevaba al Azul. Era su brazo acariciando su cabeza soñadora lo que lo despojaba de su existencia y lo desdoblaba recorriendo bosques, campos y praderas de su mano.

Dicen que ella era tan poderosa que cuando se quedaban dormidos se juntaban en los sueños y, de la mano, volaban al infinito. Olía a flores y a amor. Todo era perfecto. No importaba que a veces no tuviera para regalarle un chocolatito ni que al trabajo se fuera caminando, a pesar de que la subida fuera peligrosa. No le importaba pensar que podía llevar al futuro en el vientre. Si era con ella, la vida era perfecta.

Por eso, no supo cómo se la encontró caminando, solo, por el bosque de lejos de la ciudad.

Escuchó a lo lejos su voz que lo llamaba a caminar. Que no escuchara si le dijeran que se quedara. Él debía irse donde ella dijera. Se levantó con las pocas fuerzas que le quedaban y, con cuarenta grados de fiebre, caminó entre piedras y matorrales. De pronto, se la encontró caminando de la mano y yendo, como en los tiempos de antes, a soñar. Lo sentó en una roca y le habló de que ella estaba bien, de que no llorara más su partida y de que se merecía volver a vivir. Que el tiempo de sufrir por lo que pasó había pasado y que la vida era un hermoso paso por el que había que transitar para llegar al reencuentro.

Pero, que en ese instante, debía dejar de llorar. Ambos habían pasado tantas cosas juntos que sería la imborrable existencia constituyente de su ser. Que nadie le quitaría su rostro cálido al amanecer ni el aroma de su cabello al despertar la mañana, cuando se ponía su polera y le preparaba un café. No, esos recuerdos nadie se los quitaría.

Volvió después de muchas horas con una flor en la mano. Esa flor era la más densa y dulce que recibiría: era la última lágrima que derramaba sobre la tierra por su recuerdo.

Tenía permiso para volver a soñar y volver a vivir. Cuando despertó, la fiebre había pasado y su alma estaba un poquito menos herida de cómo había despertado.

Isla Riesco: cementerio de carbón.

A Ana Stipicic y quienes la acompañan en la defensa de la tierra que los ha visto crecer, y a todos los que, de alguna manera, comparten el mismo sueño.

Hagamos el siguiente ejercicio. Ubique, en un mapa, Isla Riesco. Ahora, aleje el mapa y ponga la vista en la Región de Magallanes. Finalmente, mire a Chile completo, no perdiendo de vista la distancia entre Huasco, Santiago y el territorio mencionado. ¿Qué significa, entonces, este lugar en el concierto nacional? Para el que no vive allí, un pedacito de la nada.

La vía chilena al desarrollo se ve desde la perspectiva nacional, dejando de lado la preocupación por la diversidad de territorios y los problemas que acarrea este camino. En palabras simples, es mejor sacrificar un trocito de tierra que el progreso del país. Hay que pensar en grande y, por ello, hay que hacer un esfuerzo en pos de todo el beneficio futuro. Ese es el discurso oficial.

Así piensa la Minera Invierno, quien pondrá una piedra más en los errores de nuestra senda hacia la luz mundial.

¿Conexiones entre Copec y el grupo Angellini, dueño de una parte del país, e Isla Riesco? Mas de las que cree, incluso a nivel de Gobierno. Precisamente será una de las divisiones de este gran conglomerado la que extraerá el carbón que Chile necesita para su futuro económico, quien posee uno de los complejos de explotación carbonífera más grandes del país.

¿Y será buen carbón siquiera? Nada más lejos de la realidad. Le cuento como es el proceso. En esta isla, que es una reserva de vida con especies de flora y fauna únicas en su especie (como el Martín pescador), se explotaran cinco grandes yacimientos de carbón que se chancarán en un puerto construido especialmente para estos fines. Los camiones que transportarán el carbón no llevan techo: con los vientos de Magallanes el polvillo volara muy lejos, contaminando, a corto y mediano plazo, todo el lugar. ¿Y a donde va a parar el carbón extraído?

¿Y durará mucho tiempo? 15 años a lo sumo. La empresa se compromete a cubrir los yacimientos una vez explotados faltando poco para poner la vida en garantía. Pero, seamos claros, sinceros y directos: ¿Cuántas empresas cumplen con los compromisos adquiridos más allá de lo que le exige la ley en los plazos estipulados? Un grupo muy reducido que es excepción a la regla.

Dos casos podrán ilustrar el futuro de Isla Riesco.

Tómese cinco minutos para dejar Facebook de lado y busque en Google “Huasco termoeléctrica”. Lea las notas que salen, las fotografías que nos muestran vagones llenos de desechos expuestos que la gente se ve obligada a respirar, los olivos muertos en la lucha por respirar debido al efecto de aquel humo que con ese traidor blanco salido de las calderas mata de a poco a un pueblo hundido sin tener escapatoria más que convivir con él.

Luego, busque “Ralco”, la clave para entender la grave contradicción de nuestra vía al desarrollo: el de correr a la gente a cualquier precio con el fin de instalar el proyecto en beneficio de la masa con un progreso nacional mal entendido.

Este ejemplo podrá ilustrar el caso de Isla Riesco: un proyecto que promete la copia feliz del Edén pero que, con el tiempo, dará paso a promesas incumplidas y disculpas por el daño cuando la isla ya está destruida irremediablemente.

Se puede hacer algo. Tenemos los medios, la información disponible, el legado de la historia, la voluntad de personas comprometidas con una justa petición a la autoridad. Esta experiencia debe servirnos para comprender que hay alternativas para nuestro desarrollo energético, por ejemplo, apostando a la especialización energética regional y a la búsqueda de nuevos motores de energía aprovechando las ventajas del territorio. Tenemos las herramientas, más de algo podemos hacer.

Es preciso mover las voluntades antes de presenciar la inauguración del cementerio más grande de la Región de Magallanes. Aun es tiempo.

Esta columna contiene algunos aspectos generales del proyecto que pueden servir para comprender mejor sobre lo que tanto se habla. Si quiere averiguar más información, en http://www.alertaislariesco.cl/

Desarrollo con rostro humano.

Y vamos camino a la década del 20 y seguimos en la misma condición en la que la Dictadura militar entrego el país al gobierno democrático: en el eterno paso previo al desarrollo. Esta ha sido una de las grandes obsesiones de los distintos gobiernos (especialmente de los sectores de centro-derecha), sin importar a que costo se realice. Mientras que los números den como resultado más de veinte mil dólares per cápita estaremos siempre bien.

Hay que tener mucho cuidado cuando hablamos de desarrollo, porque la economía siempre debe tener rostro humano y no una hoja de Excel que nos muestre resultados. Tanto la Concertación (en su programa de 1989 y en los sucesivos mensajes presidenciales) como la Alianza (a través del eventual programa de gobierno con base histórica del Presidente Allamand, en El desalojo) nos han dicho que hay que alcanzar a toda costa ese desarrollo como en una fijación obsesa. La única diferencia es que un lado ha hecho más énfasis en que hay que preocuparse de los más desvalidos, aunque a la larga siguen siendo lo mismo.

Es verdad, la pobreza extrema y la indigencia se han reducido sustantivamente, los salarios reales han aumentado considerablemente, ser pobre hoy no es lo mismo que hace veintidós años. Hoy podemos acceder a la educación superior con mucha más facilidad que antes y, desde allí, a oportunidades de mejorar nuestro nivel de vida. El acceso al crédito (en cómodas cuotas), nos ha permitido poseer productos y servicios que jamás nos hubiésemos imaginado a principios de los ’90. Y así podemos mencionar los avances en empleo, en salud, en infraestructura para el desarrollo; o hablar de la inserción de Chile en los grandes mercados mundiales.

Incluso, ya no nos comparamos con economías pequeñas, lo hacemos con los gigantes. Hay que dar las gracias por estar en la OCDE porque nos permitió abrir los ojos y darnos cuenta que estábamos mal y que, si queríamos ser un país desarrollado de verdad teníamos que mejorar muchas cosas. Los países ejemplo que integran la cima del club no son tan aberrantemente desiguales ni tienen tantos problemas en el acceso a los servicios básicos, no desmantelan el Estado a los niveles que se hizo en el experimento neoliberal de los ’80 ni tienen las discusiones actuales en educación. Si, estábamos mal, y harto mal.

Hay que recordar siempre que el desarrollo debe tener por delante el rostro de los más pobres y de la clase media que trabaja de sol a sol para poder brindar un colchón a su familia que le permita no andar pensando cómo pararemos la olla mañana. El desarrollo debe tener el rostro del colectivero y del chofer de micro, del obrero de la construcción, del paramédico, del profesor, del gasfíter, del pequeño empresario, de la peluquera, del peoneta.

El desarrollo no se hace desde arriba imponiendo los criterios para que todos alcancemos los niveles óptimos. Se hace entregando herramientas a la gente para que se sienta segura en este mundo moderno, haciéndola gobernante de su vida y líder en su grupo. Se hace entregándole las oportunidades para que su empresa crezca al nivel de los grandes y así brinde a su familia el futuro y el presente que necesitan. Se hace preguntando a todos como harían para salir de la situación en la que se encuentran.

La suma de todos esos esfuerzos dará como resultado el desarrollo definitivo con equidad, no el apuro por ganarle la carrera al resto de los hermanos. Nunca seremos absolutamente iguales, pero más de algo se puede hacer para reducir la brecha.

Se hace confiando en que las regiones pueden mas desde la autosuficiencia y la diversidad económico-productiva, se hace desconcentrando el desarrollo y otorgando un incentivo a los profesionales para que vuelvan a su tierra. Se hace confiando en que el Estado será el garante del libre juego económico otorgando una base igual para todos en salud, educación y vivienda, defendiendo a los consumidores de los abusos de la empresa (y no solo acudiendo a él cuando nos conviene). Se hace comprendiendo a ese Estado como el que pondrá las reglas del juego y ayudará a quienes empiezan a alcanzar los niveles óptimos y dejarlo después volar.

El desarrollo se consigue sin abusar del subsidio a la empresa privada (porque es verdad, el Estado no puede cubrirlo todo), pero confiando en que algunas actividades complementarias podrá hacerlas bien. Se alcanza confiando en la innovación y la capacidad individual para emprender, regulando los monopolios que impiden que la gran masa mejore sus posibilidades de vida, haciendo todos los esfuerzos por reducir la concentración económica y otorgar diversidad y apostando por la industria propia incentivando a los empresarios a que ahorren e inviertan en la empresa propia para llegar, un día no muy lejano, a ser autosuficientes y no mandar el cobre en bruto y que vuelvan los cables elaborados desde el otro lado del mundo.

No podemos seguir mintiéndonos pensando que el desarrollo es el promedio del que más gana con el que menos tiene. Para dejar de ser hipócritas primero resolvamos las desigualdades y otorguemos la base mínima para que todos alcancemos esa palabra. De otro modo, estaremos a la vanguardia en mentir económicamente.

O si no ese día pregúntese: ¿Tiene veinte mil dólares en el bolsillo? Si los trae es que alcanzó el desarrollo.

16 enero, 2012

Manifiesto por la Pedagogía Libertadora.

Es enero de 2012, producto de las movilizaciones estudiantiles del año recién pasado el cierre del semestre, para muchos, se ha postergado irremediablemente. Las vacaciones han quedado en el olvido y la carga académica, en cierto modo, nos consume. Sabemos que nuestros profesores no se han puesto de acuerdo para hacernos el semestre pesado, sin embargo, las condiciones en las que actualmente nos movemos son difíciles. Leemos en la mitad del tiempo libros enteros, resumimos siglos en un cuaderno, planificamos cuando dormiremos bien y recuperaremos el sueño. Las ventas de bebidas energéticas se han disparado y descansar es un bien tremendamente escaso.

A veces, presentimos, que nuestra alma está en sombras. Vemos el futuro y encontramos luz.

Para la universidad pública son tiempos difíciles: las matrículas bajan, las finanzas tambalean en las Casas de Estudio regionales, las alarmas se encienden. Parece la entrada a una era apocalíptica sin precedentes, en donde el desmantelamiento del Estado y el excesivo liberalismo económico nos llevan, sin retorno, a nuevas realidades.

Las cifras nos demuestran que lo privado parece ser el futuro y quienes detentan el poder no pretenden hacer mucho para contrarrestarlo.

En medio de esta realidad nos encontramos nosotros, quienes aspiramos a ser profesores, intentando condensar nuestros tiempos teniendo muy presente el objetivo: el futuro, cambiar realidades, transformar el pensamiento y convertir la fuerza de las piedras en energía re-modeladora de las realidades locales y nacionales. La pedagogía se vuelve, entonces, uno de los espacios de resistencia más dulces que pueden existir en la tierra.

En mitad de un tiempo de crisis debemos aspirar a ser luz y semilla que germine en el territorio adverso y, a veces, complejo de entender. Porque el estudiante no es un recipiente vacío esperando ser alimentado por el castigo-refuerzo: es un ser humano que, sin conceptualizar, vivencia la humanidad del ser: es una persona con experiencias y aptitudes que pueden ser utilizadas en función de mejorar sus condiciones de vida. Porque nuestros estudiantes serán los hijos prestados que devolveremos un poco más aptos a la tierra cuando salgan del aula.

Por ello, la pedagogía debe limpiarse la modorra de querer formar a un pequeño ciudadano-consumidor que rinda tributo a la democracia y al sistema económico como lo conocemos, y a un amante ciego de la identidad nacional. Debe quitarse las capas de barro que permiten que los estudiantes miren a la misma ventana de siempre: al centralismo, a Europa, a la desesperanza en un mundo cada vez más competitivo.

Si pasamos por esta carrera es para crear un ser humano que valore su esencia y la vida en comunidad. Sin los otros, será una masa sin pensamiento regenerador.

Por ello, la pedagogía debe tener vocación libertadora. Debe entregar todas las herramientas de pensamiento que permitan al estudiante romper las cadenas que lo atan a un ciclo perverso que lo escolariza en función de integrarlo al sistema económico y a elecciones donde los rostros no se renuevan. Hace que ame su identidad desde las victorias del Ejército libertador de los estigmas barbáricos y desde los fundamentos de una sociedad competitiva que busca números, no personas formadas integralmente.

La pedagogía debe tener vocación territorial, no para que el estudiante tome el bus aburriéndose con un paisaje monótono, sino para que la conceptualice, la saboree y la disfrute desde el goce mismo del alma, transformando sus vivencias en soluciones.

La pedagogía debe tener un currículum lo suficientemente adaptable como para permitir su adecuación a tantos contextos como niños en el mundo existentes. Porque no es un libro sagrado ni un altar inamovible, puede ser remodelado observando atentamente las condiciones de los cursos a nuestro cargo. El fusil que lo acribilló fue la Evaluación Docente, quien la sacralizó. El parche con que hemos de asistirlo será nuestra capacidad de adaptación.

Esa es una pedagogía con vocación y la verdadera vocación de profesor. A través de la pedagogía, el maestro tiene la llave con la que abrirá las puertas de la luz y liberará de sus cadenas a miles de estudiantes que hoy son preparados para amar a Chile tal cual está. Eso no puede ser. A Chile se le ama conociendo lo bueno y lo malo, transformando la energía negativa en propuestas de solución, criticándolo con fundamentos y proponiendo siempre el camino el futuro, con respeto irrestricto al otro.

Es deber nuestro convocar a una nueva corriente de reflexión y crítica pedagógica que una las voluntades desde Arica a Magallanes para que formemos la gran llave que abra las puertas de ese tremendo futuro.

Y es deber de todos quienes aspiramos a ser profesores que formemos un gran movimiento pedagógico que contribuya a esa tarea.

15 enero, 2012

El horror de Inés.

Y llegará el día en que Inés Pérez no se espante. Porque en la República de Chicureo ya no habrá más nanas ni obreros que dateen a los delincuentes de los barrios más pobres y desparecerán todos nuestros miedos. Llegará el día en que en Chile se extingan los pobres, esa raza que lo único que hace es quejarse, identificarse con la hoz y el martillo y no bañarse porque son unos mugrientos de mierda.

Llegará ese día, sí, ese cercano día en que ya no hayan mas marchas y se conformen con la situación de un país que tiene espectaculares cifras de crecimiento y que nos muestra, con poderosos hechos concretos, no la copia, el Edén mismo. Esos rotos ya no pedirán educación gratuita ni una atención en salud como la gente. Nos atenderemos en clínicas para que nos reciba una recepcionista con cara de haberse inyectado botox todo el mes preguntándonos cuantos días nos quedaremos hospitalizados.

Si, no se impaciente, llegará ese día en que La Araucanía quedara en paz porque reviviremos al Coronel Saavedra para que los termine de exterminar de una vez por todas. ¿Pero no los habían derrotado hace como ciento treinta años? ¿Cómo es posible que el gobierno no ponga mano dura con estos indios que lo único que hacen es romper con la paz que brinda Chile a sus inversiones? Claro, después se quejan que la zona tiene inversión cero desde hace años.

Ya, no se angustie, si no todo es tan malo. Cuando tenga un hijo le voy a poner Augusto. ¡Pero qué nombre más hermoso! Si nos recuerda al hombre que libero a nuestro país de esos vendepatria que querían instalar un satélite de la Unión Soviética. ¿Dictadura? ¡No me vengan a hablar de dictadura a mí: Régimen Militar, señores! ¡Eso fue! Total, ¿Qué importan tres mil muertos si el país crece y crece como la espuma de la cerveza?

(Es que esos son los que dicen “la historia es nuestra”. Qué bueno que el canal nacional les paso su documentalucho para que se queden callados y no aleguen por lo grande de este país).

Bueno, ya, llegará ese día en que no necesitemos nanas y las reemplacemos por robots que nos hagan el aseo. Y véanles la conveniencia: son rápidas, eficientes, trabajadoras, no se quejan, no piden aumento de sueldo, no piden previsión, no se enferman... ¿Qué más se podría pedir a la vida?

¡Pero no corra, si todavía no llega ese día! ¿Y qué se habrá creído ese roto hijo de nana que se pone a escribir a la directiva del club de golf? ¿Qué acaso el no tiene religión que insulta así a la Virgen María? ¿Qué acaso no piensa que así están las cosas en todo el mundo y tiene que aceptarlas? ¿No será mejor que lo manden a callar y le quiten el computador y el internet que lo usa para hablar imbecilidades? ¡Resentido, eso es lo que es!

Llegará el día en que Inés Pérez ya no se espante mas y nosotros, los mugrientos, los rotos, estemos todos muertos. Y así Chicureo vivirá una existencia plena y feliz y nadie alegara más.

Y Dios dirá: “que las veredas queden libres para el camino sin rotos”.

10 enero, 2012

La gran reunión de las izquierdas.

El sistema político nacional ha dejado nuevamente en evidencia su constitución en tres tercios (Alianza, Concertación-Juntos Podemos y ciudadanía que no adhiere a estas colectividades) que no se han movido en dos décadas de sus puestos debido a la base que les otorga el sistema binominal. Todo en pos de la estabilidad democrática y la “razón de Estado”.

Sin querer, el modelo se reproduce en distintas áreas de la vida nacional, especialmente en la universitaria. Cuando son casas de estudio con una pluralidad de carreras amplia no hay problema: todas las tendencias están representadas. Pero, ¿Qué pasa cuando las distintas facciones de un mismo sector se disputan el poder con el fin de “crear conciencia” sin obtener sendas mayorías?

Algo no calza en los porcentajes.

Los niveles de participación son bajos, muchas veces con los quórum al límite y, a pesar de los esfuerzos que han hecho todos los que han manejado poder, no hay resultados. Las cosas siguen igual y, al parecer, la tendencia se consolida. Existe una tremenda distancia entre dirigentes y una amplia masa de dirigidos. Nada parece revertir la tendencia.

Posibles causas: la intransigencia, la falta de dialogo (que al final es un monologo eterno manejado deliberadamente para, en un minuto, aburrir a la audiencia y permitir las mayorías necesarias), la presión para conseguir ciertos fines, la exclusión indirecta por medio de la sanción social. Y así, decenas de razones que se pueden nombrar y que redundan en que la gente se aburra y se vaya a almorzar evitándose otro dolor de cabeza.

Si se quiere mantener la unión hay que tener una mínima tolerancia al disenso y al debate con argumentos sólidos (y no repetir los mismos de siempre que al final recaen en una triste pobreza argumental), a dar cabida a las distintas voces que piden diálogo y acuerdos mínimos en circunstancias estratégicas.

Y no solo eso: a una alternativa que amplíe la mirada y convoque a la gran reunión de las izquierdas. Seamos claros: nos encontramos en una Universidad que prefiere esta tendencia y que debería estar a la vanguardia con una base efectiva que contemple el contacto fluido con todos los estudiantes de todas las tendencias y no solo con una minoría que cree eternamente que todo lo hace bien.

Nuestra Universidad debería dar el ejemplo en cuanto a inclusión y amplitud en la discusión de los grandes temas estudiantiles, locales, regionales y nacionales, convirtiéndose en el articulador del futuro. Hay que convocar a todos a aportar con un rayo mas para prender el sol del mañana y alzar la gran voz que modele el futuro, el camino a las utopías desde la mejora de las realidades concretas.

La única solución posible es convocar a la gran reunión amplia de las izquierdas. El último plebiscito nos invitó a todos a repensar la manera en que hacemos las cosas y que el modelo añejo de minorías debe morir para dar paso al dialogo entre hermanos mirando de frente a la nueva alborada.

04 enero, 2012

Cultura de asamblea: devolver la voz.

En un rincón del fin del mundo cientos de estudiantes se han quedado mudos. Ya no les interesa hablar ni que los escuchen. Ya no confían ni en las elecciones ni en las instancias para exponer su pensamiento.

Muchos hablan queriendo expresar su punto de vista y se atropellan en frases ensordecedoras que prometen no solo la copia feliz del Edén, sino que el paraíso mismo. Las palabras saben a alegría y descontento, a rebeldía y firme convicción. El dialogo parece avanzar pero retrocede dos pasos porque no se llega a acuerdo. Al final, siempre vuelve al origen. Hay caras descontentas pero son la minoría.

A varios más ya no les interesa entrar a la sala. Un día, a uno se le ocurrió intervenir, pero las miradas y las murmuraciones fueron más fuertes. La cultura de la asamblea hacia caer su peso en los hombros de él. Prefirió darse la media vuelta e ir a almorzar. Pasaría menos rabietas.

Varios hicieron lo mismo. La asistencia bajaba. Los que se quedaban se preguntaban por qué. La respuesta estaba, silenciosa, frente a sus ojos, pero nadie decía nada. Era mejor tacharlos de “fachos” por la votación en el plebiscito o de “inconsecuentes” por no ir. La confianza se había roto.

Entre que el caminaba y comía una barra de cereal, no podía dejar de pensar en la imagen anterior. Se encontró con varios que habían sido pasados a llevar y habían enmudecido ante aquella cultura tan densa. Conversaban siempre sobre la situación, pelaban a destajo, pero siempre llegaban al mismo punto: como no tenían peso al final quedaban en nada. Era más fácil seguir estudiando.

Aunque, lo primero que les diría a la cara, es que no saben conversar. Para dialogar se necesitan dos con altura de miras y buenos argumentos y eso no existía. Era un monologo de muchos en una sola voz.

Por eso, les diría, la primera tarea que deberían hacer es reconstruir las confianzas, traducidas en moderar el dialogo (incluso, encargando a una persona que controlara los tiempos en las asambleas). Cuidar ese respeto que es garantía de una buena democracia (que tanto dicen defender) a través de estatutos claros y públicos. O podría haberles sugerido que publicaran por correo y afuera de las salas correspondientes los resultados de la asamblea anterior y de lo que se tratara, siendo puntuales con las horas y los tiempos.

Pero cuando quiso ir y los tuvo delante de él no pudo sacar palabra. Era tan fuerte la cultura de la asamblea que había enmudecido.

¿Dictadura o Gobierno Militar?

Se denomina dictadura a una forma de gobierno iniciada con la forma violenta del poder y ejercida con una fuerte represión en contra de sus opositores, características que corresponden al gobierno de esa etapa”. (1)

¿No correspondería esta, acaso, una buena definición sobre el horror traumático de lo que fue la Dictadura Militar en Chile? El Ministerio de Educación de la Republica de Chile ha convocado a todos los chilenos y chilenas a ser parte del primer baile de mascaras del año 2012, en el que cambiaremos este concepto por el relato del autor de clásicos como Política, politiquería y demagogia, El día decisivo y Patria y Democracia:

“El 11 de septiembre de 1973 será considerado en nuestra Patria como uno de los sucesos políticos más importantes de su historia, tanto como el nacimiento de Chile (...) o como la creación del Estado Portaliano de 1830. (...) Esta dura acción militar estuvo destinada a repudiar la obra totalitaria soviética (...) que [había llevado al Gobierno] a un estado de destrucción de los cimientos democráticos desde sus bases. (...) Este gobierno no solo cuenta con el apoyo de las Fuerzas Armadas, sino que también con el apoyo mayoritario de la ciudadanía”. (2)

¿Cuántas veces han escuchado el mito de la Ocupación de la Araucanía? ¿O el de que la Independencia fue una gesta colectiva y popular? ¿O aquel que cuenta la Revolución de 1891? ¿Sabían de la existencia de los 12 días de la Republica Socialista de Chile?

Hoy hemos asistido a una nueva función en el largo espectáculo de nuestras elites por mostrarnos como cooptan, moldean y falsean a su gusto a la Historia, ese ser que se compone de vivencias y acontecimientos, con el fin de que nuestros estudiantes se formen una verdad que se aleje de lo que realmente pasó. Necesitan generar una fuerte identidad colectiva que reconozca en esa definición las causas de lo que ha pasado en nuestro país.

Digamos las cosas como son: a un sector de la población (a los menos el 12% del país) le duele en lo más hondo de la conciencia cívica el que se le llame DICTADURA al periodo comprendido entre 1973 y 1990. Salta en ira y rabia cuando se le recuerda como fue fundado el Chile del siglo XXI y como se impuso al país una verdad a sangre y fuego, arrogándose una soberanía inútil en nombre de los “altos valores nacionales”.

El gobierno militar chileno, entonces, vuelve a la escena en el gobierno democrático. Se nos vuelve a enrostrar que el orden económico-social actual está fundado sobre el visionario Pinochet, sobre las Fuerzas Armadas como garantes de la institucionalidad. Un ordenamiento que se encuentra inmerso en un discurso contradictorio incluso con el artículo 7º de la Constitución, ese que dice que “ninguna persona ni grupo de personas pueden atribuirse, ni aun a pretexto de circunstancias extraordinarias la soberanía. (3)

¿Qué se hizo, entonces, con ese supuesto poder entregado a gritos por la ciudadanía? Lo que todos sabemos: terminar con la marcha democrática del país y emular a Carlos Ibáñez del Campo, su ideólogo, fundando un “nuevo Chile”. Esto, porque “Tiene una importancia fundamental el clamor generalizado de la abrumadora mayoría del pueblo chileno, del cual las Fuerzas Armadas son expresión”. (4)

Si todos hemos reaccionado como lo hicimos hoy no es solamente porque el Ministro de Educación haya llevado la línea del CEP al Gobierno o porque se cambie la terminología, es porque estamos aburridos, como colectivo social, de que quienes detentan el poder no hagan un esfuerzo por contar las cosas tal cual son por miedo a encontrarse con los traumas que los deslegitiman y que los hacen repudiables.

Este es el llamado de este columnista en representación de muchas personas que piden a sus gobernantes no hacer “goles de media cancha” y cambiar logros que permitieron la tan anhelada reconciliación nacional. La RAE define a la Dictadura como el “Gobierno que, bajo condiciones excepcionales, prescinde de una parte, mayor o menor, del ordenamiento jurídico para ejercer la autoridad en un país. Gobierno que en un país impone su autoridad violando la legislación anteriormente vigente”. Creo que es hora de que nos hagamos cargo de las verdades y las contemos tal cual ocurrieron. (5)

No queremos volver a cometer el error de generar una nueva “Pacificación” de la Araucanía. Y aunque así ocurriera, los profesores sabremos contar las dos versiones: la oficial, la del libro, y la que se cuenta en pasillo, con la adecuada mesura en el relato.

Pero, viajemos al pasado y preguntémosle al propio Augusto Pinochet que piensa al respecto. El nos dice:

“Producido el Pronunciamiento Militar, el 11 de septiembre de 1973, e investido, desde esos instantes, de tan altas responsabilidades de Estado, me he detenido en no pocas ocasiones para meditar lo que para mí ha significado asumir (...) el ser gobernante y ser militar al mismo tiempo. (...) Los militares entendemos aquella permanente acción de guerra en la que se encuentra el comunismo soviético. Y por ello, quizás, somos el mayor obstáculo para la acción imperialista de la URSS”. (6)

Referencias:

(1) Ministerio de Educación. (2010) Texto de estudio Historia, Geografía y Ciencias Sociales 6º año básico. Editorial Mare Nostrum. Santiago.

(2) Augusto Pinochet. (1988). Pinochet, Patria y Democracia. Editorial Andrés Bello. Santiago.

(3) Editorial Jurídica de Chile. (1983). Constitución Política de la Republica de Chile. Editorial Jurídica de Chile. Santiago.

(4) Augusto Pinochet. (1983). Política, Politiquería y Demagogia. Editorial Renacimiento.

(5) Augusto Pinochet. (1983). Ibíd.

(6) Real Academia de la Lengua Española. www.rae.es

02 enero, 2012

Chile, país de pocos.

En un ascensor cabe el manejo económico chileno. Incluso uno de hospital queda grande. Si condensamos a las grandes fortunas en las personas que las dirigen, de seguro, caben todas en ese minúsculo espacio. Algo así es la concentración de este tipo actualmente: como antaño, como cuando existía el estanco. La diferencia es que hoy es más sutil y todos lo consideramos “normal”.

¿Es normal que un país que camina hacia las veinte millones de personas esté manejado por un grupúsculo al que jamás le hemos visto las caras? ¿Es normal que los derechos esenciales (el agua, el aire, la tierra, la educación, la salud, la previsión) sean manejados por los que se avivaron antes que nosotros y nuestro representante colectivo (el Estado) se limite a ponerle algunos atajos y a mirar cómo juega?

¿Es normal que un país que se compara con los verdaderos leones del mundo (y se sienta a la misma mesa a discutir sobre el futuro del Edén) tenga, del otro lado del muro, campamentos en donde la gente se congela? ¿Es normal que se mire en menos únicamente por el lado de donde de proviene?

¿Es normal que se legitime por tres décadas el robo a manos llenas más grande de la Dictadura militar, el sistema previsional, cuando los que manejan el sistema ganan dineros que en nuestra vida imaginaríamos y la mínima parte llega a los cotizantes?

¿Es normal que un derecho esencial como lo es la educación, ese que nivela, esa que impide que haya distinción de clases, esté desregulado en los cimientos de la última ley de Pinochet y que, cuando se quiere cambiar, los que hoy se hacen los lesos (pero que ayer gritaron “ganamos”) no quieran oír la voz de la calle?

¿Es normal que cuando ponemos estos temas sobre la mesa los que precisamente tienen las armas para cambiarlo todo (nótese, no piedras), salten a la editorial de El Mercurio a defender esa barata “razón de Estado”?

¿Es normal que Don Santiago, que se lo lleva siempre todo, deje postergadas a las regiones que sustentan, mal que mal, al país? ¿Es normal que nosotros nos quedemos con las migajas de una “ley espejo” en el que el peso que nos llega se reparta en catorce partes?

No. Tajantemente, no.

Aunque a muchos no les guste la palabra clase (personalmente no me gusta abusar de ella), el que propuso la nomenclatura tenía algo de razón. Tenemos posibilidad de ascender, pero son limitadas por un ordenamiento social que considera todas estas preguntas (y muchas otras más que no considero porque sería para tres libros) como realidades normales.

Chile, señoras y señores, es un país raro. La excusa perfecta será decir que los países que garantizan estos derechos despilfarran. Pero, ¿El Estado es el garante de la nivelación social o una empresa más que compite por la máxima eficiencia? No se trata de derrochar los caudales del Estado, pero sí de aclarar conceptos.

Chile, amigos, es un país de pocos. Aunque nos duela, aunque nos cueste reconocerlo, nuestros destinos caben en un ascensor. Diferimos en las formas de cambiar las cosas: algunos optan por la vía más radical, otros por el convencimiento y otros más por el consenso. Sin embargo, todos confluimos en una gran realidad: las cosas están mal. Si somos capaces de darnos cuenta y convencer a los otros que entre la alegría y el cambio caminamos hacia la revisión del pacto social de seguro en más de un punto convergeremos.

Sólo así en el ascensor más rico de Chile podremos caber todos. Más de algo se puede hacer. Los Presidentes tienen entre cuatro y seis años para poner su aporte para limitar el poder de estos pocos y desconcentrarlo para depositarlo en manos de los que todos los días hacemos Chile.

La historia los juzgará en este país de pocos.


26 diciembre, 2011

Bienvenido al Club: aves del mismo nido vuelan juntas.

Es increíble lo que conseguiríamos si nos detuviéramos un minuto en el largo camino de la vida a reflexionar sobre los códigos que esconden ciertos símbolos con los que estamos acostumbrados a vivir cotidianamente. El uniforme de las nanas ha dejado en evidencia múltiples problemas que subyacen a uno de los empleos más nobles de nuestro país. Es necesario establecer algunas conclusiones con respecto a este tema antes que la conversación al respecto sea cubierta por las suaves cenizas del olvido. Antes que el Año Nuevo le gane a esta noticia es necesario levantar la voz para aclarar ciertas cosas.

La Ministra del Trabajo ha hablado de indignación, que no es posible que una ley nos venga a remecer los cimientos para que cambiemos ciertas actitudes. Y no deja de tener razón: en uno de los países más conservadores de Latinoamérica y que se declara, inconscientemente, amante de la ley de maneras esquizofrénicamente aceptadas (vamos camino a las 25 mil) si una intención de cambio no está bajo la tutela del Imperio del Derecho, simplemente, no existe.

Como sociedad nos ha estallado esta realidad una vez más en la cara: el sistema señorial no ha muerto. Tres trabajos nos muestran las cosas tal cual son: los jornaleros, los temporeros y las nanas. Es cierto, se han realizado avances en fiscalización (aunque poca o nula), en equiparación del sueldo al salario mínimo (progreso elaborado en la anterior administración) y normalización previsional (en la realidad, existe una mayor conciencia sobre pagar las cotizaciones al día y respetar las vacaciones).

Sin embargo, no nos obnubilemos: Chile es arribista, clasista, segregador y, lo peor: cuando nos dicen las verdades en la cara las miramos con asombro y negamos de su existencia. De ese Chile que hemos heredado de los conquistadores convertidos, con la Colonia, en nobles, han quedado ciertos símbolos que se reafirmaron con la República: símbolos que subrepticiamente legitiman a una élite que se impone a la masa. La gran familia chilena ha establecido clubes con múltiples beneficios a los que sólo se puede ingresar con una renta. Y van más allá de la simple reunión o de adquirir un sitio para jugar tenis con el jefe: se ubican en sectores inaccesibles en medio del bosque, toman jugo natural en estilos arquitectónicos ultramodernos, poseen kilómetros de jardines que ya se los quisiera cualquiera.

No, no es resentimiento. Es poner en evidencia que al Club no entra cualquiera.

La gran familia chilena viste a la nana con los colores del futuro gris (“sus colores”) para, inconscientemente, diferenciarla de los que pagan la membrecía. Y no sólo eso: no le ayuda en el orden de la casa porque para eso se le paga. Para que decir si la deja entrar a la piscina: no ve que va con faldas muy cortas y genera escándalo en nuestros socios (no ve que como hace calor debe andar con traje de baño largo y las alforjas hasta los tobillos porque jamás han visto un par de piernas asoleándose; la señora se puede enojar).

En vez de quejarse tanto por la medida (y junto con ello, revisar y derogar la normativa que tanto revuelo causó), la gran familia chilena debería cambiar esta actitud enferma de enamorarse de los símbolos para diferenciarse. A todo le encuentran un resquicio: ya pasó con el uniforme escolar. Antes era uno solo; sin embargo, los centros de padres le cambiaron el color en pro de la identidad escolar. No bastaba con colocar solamente una insignia: tenía que ser la vestimenta entera. ¡No nos vayan a confundir con los del liceo municipal!

Cambiemos la actitud, tratemos mejor a la nana, paguémosle en el día que corresponde, respetémosle las vacaciones, ayudémosle a hacer las cosas de la casa. Como gobierno apuren los trámites y fiscalicen como la gente (pero de sorpresa si porque si les avisan cumplen la norma como por encanto). Como Congreso aprueben la normativa y no la guarden en el cajón que no sirve ahí.

Así se cambia Chile: no con promesas trilladas, no prometiendo ser la fotocopia del Edén europeo o norteamericano, no diciéndole a la gente que se aprobará la tremenda ley cuando en realidad la letra chica es más larga que la Carretera Panamericana. Así se cambia Chile: con verdad y respeto, con sinceridad y entendimiento, sacándose la venda de los ojos y mirando más allá del muro de dos metros cuarenta.

Porque sólo así esa humilde Virgen María que tanto dicen respetar podría entrar al Club sin ser segregada. Sólo así cuando se elimina el uniforme se cambia la actitud y no nos golpeamos con una piedra en el pecho el domingo en Misa en vano.

23 diciembre, 2011

Carta pública al Club de Golf Chicureo.

"Debido al aumento de niñeras en el sector piscina, les recordamos a nuestros socios el Artículo Nº21. (...) En caso de utilizar espacios exteriores podrán ser acompañados por nanas o niñeras; (...) deberán vestir su uniforme o tenida que las identifique como tales".

Estimada directiva del Club de Golf Chicureo:

Esta será una de las cartas públicas más extrañas y con más toque de resentimiento que recibirán en la vida. Parece que el país no entiende el modo de vida ni los códigos que se manejan en el barrio alto de Chile; es cierto, la gran masa de la población no lo entenderíamos nunca. No poseemos los apellidos rimbombantes y con tradición que los caracterizan (especialmente el señor Bunster, descendiente -probablemente- de uno de los financistas de la Ocupación de la Araucanía), ni las grandes fortunas que manejan. Nuestras vacaciones no son ni a El Tabo ni a las Termas de Chillán, ni apostamos nuestro dinero en algún casino de nombre reconocido. Muchos de mis parientes y amigos viajan, con mucho esfuerzo, por el día a la costa, y juegan en las “máquinas” del negocio de la tía lucha.

Sin embargo no puedo dejar de mirar con asombro e indignación cómo es que las nanas, esas nobles y abnegadas trabajadoras, son miradas en una categoría inferior por la condición laboral con la que conviven desde hace siglos. Pensé, por un minuto, que esta realidad había cambiado, pero en realidad no es así. Quiero arrogarme en esta oportunidad el representar a muchas nanas y familias de tales que no tienen voz: soy orgulloso hijo de una y no podía quedarme callado. Menos imaginándome a mi madre que, ante la falta evidente de dinero, estuvo a un paso de trabajar para gente como ustedes.

¿Quién tiene la autoridad en este país para decidir lo que está bien y lo que está mal? ¿Quién tiene el derecho, legitimado ante todos, de calificar a las personas por su categoría social?

Nuestra patria, ciudadanos, es una mezcla de muchos guetos en la que estamos casi condenados a nacer, crecer, reproducirse y morir. El que nació gerente tuvo un hijo que ocupó la empresa del papá y mandó al nieto a la mejor universidad. El que tuvo un padre político introdujo a su hijo a la política y al nieto ya lo tiene camino a ser Presidente. La nana tuvo la madre nana que trabajó en la misma casa con varios embarazos a cuestas casi hasta dar a luz, de sol a sol, tuvo una hija nana y una nieta en la que se ponen todas las esperanzas para que tenga un mejor pasar.

¿Ustedes tienen idea lo que es ser nana? ¿Saben lo que es levantarse a las 6.30 de la mañana y recorrer la ciudad por atenderles, llegar allá y recoger la ropa sucia (y las vergüenzas del día anterior), hacer la comida (a veces improvisando porque la señora “trajo gente a comer”), hacer el aseo de la casa hasta dejar impecable, volver a recorrer otras dos horas de camino, hacer el aseo de su casa, cocinar para el día siguiente, atender a los hijos y dormir más cansada que la cresta?

No, no tienen idea, porque su tranquilidad está en que le están pagando y es su trabajo. No hay argumentos.

Para ustedes, la tranquilidad que hacen las cosas bien (y que, de paso, el país está bien) es que su campo de visión es el jardín y un muro de 2,40 metros. Más allá sólo un largo camino que los separa de la ciudad. La garantía de que no son delincuentes es que compran ropa con débito sin cuotas y de marcas carísimas, tan caras que una camisa representa el pedido de un mes. Leen El Mercurio porque les dice lo que quieren oír y ven canales extranjeros para diferenciarse. El uniforme lo llevan puesto todo el día: es su forma de demostrar que pertenecen a la misma clase.

La nana no puede entrar sin el uniforme a la selecta mesa del club: debe mostrar que está trabajando y no roba, que salió de su sector para ir a servirles el desayuno y levantar la ropa interior que por flojera no dejaron en la lavadora, debe demostrar que cuida a los niños. ¡¿Para qué hacer una tremenda obra y dejar que se bañen ella y sus hijos, si no pagan la admisión?! ¡Que se bañe con el agua del grifo de su población la rota!

Estimados señores del Club de Golf Chicureo: deberían copiar a esos patrones que dejan que las nanas se sienten a la mesa con los patrones y coman del mismo plato, o que vayan a vacacionar con los niños en el mismo auto: no es ningún pecado. Esa pseudo-conciencia católica que tanto pregonan deberían ponerla en práctica: si la Virgen María viviera hoy no podría bañarse en la piscina. Debería darles vergüenza estar en la boca de medio Chile por esta actitud que demuestra su inconsciencia contra quienes realizan una de las labores más nobles del mundo: limpiar lo que ustedes dejan sucio.

Espero que esto les sirva para que cambien esta actitud vergonzante y se abran a conocer ese Chile de los desheredados, de los que trabajamos con las manos para cambiar nuestra realidad, de los que día con día abrimos un surco en medio de la calle gris para soñar con que los hijos tendrán un mejor futuro que los padres.

Muy atentamente,

Diego Vrsalovic Huenumilla.

Estudiante, columnista de medios.